Hay paranoias y luego está la paranoia que viene con recibos, testigos y enlaces verificables. Esto no va de conspiraciones baratas ni de fantasías digitales. Va de patrones, de poder y de un Estado que aprendió que vigilar a quienes disienten es mucho más fácil cuando no tiene que pedirle permiso a ningún juez.
Empiezo por lo personal, porque aquí la neutralidad es una forma elegante de mentir.
No tengo dudas razonables de que ICE me está siguiendo de alguna manera. Mi cuenta de LinkedIn muestra visitas recurrentes de perfiles ligados a agencias gubernamentales y contratistas federales. No busco contratos públicos. No trabajo en seguridad. Mi industria no tiene absolutamente nada que ver con el gobierno federal. Y aun así, ahí están. Observando.
En diciembre, al salir del país, pese a contar con CLEAR y TSA PreCheck, un inspector revisó mis pertenencias con un interés que no era rutinario. Señaló la pantalla a otro agente. Mi foto estaba en una “lista”. Ese momento no se olvida. No por dramatismo, sino porque fue clínico. Frío. Burocrático. El tipo de gesto que no se improvisa.
Mi oposición a ICE no es reciente ni oportunista. En 2007 fui entrevistado por la prensa francesa en Washington, DC. Aparezco en el libro Amor and Exile. Organicé y encabezé protestas masivas en Jerome en 2016 y 2017. Esto no es memoria selectiva, está documentado en medios locales que aún existen:
https://magicvalley.com/news/local/govt-and-politics/article_14a4a55c-89a2-50e0-987c-aa28899f35d6.html
https://magicvalley.com/news/local/govt-and-politics/article_091183d2-bf16-551f-a6ad-e83f19f4be72.html
En el último año estuve nuevamente con un megáfono protestando contra ICE, incluso en eventos de No Kings. ¿Por qué? Porque esto no es ideológico. Es íntimo. Amigos. Familia. Comunidades enteras devastadas.
Y porque no se me va a borrar jamás la deportación de mi esposa a manos de un oficial “cumpliendo órdenes”, cuando ella tenía visa válida. El Los Angeles Times lo documentó en 2009:
https://www.latimes.com/archives/la-xpm-2009-nov-03-me-tobar3-story.html
Eso te quita para siempre la ingenuidad institucional.
ICE y la normalización del abuso
Incluso si nada de lo anterior hubiera ocurrido, hay razones morales y legales de sobra para oponerse a ICE. Y aquí empieza lo verdaderamente peligroso.
ICE está usando subpoenas administrativas como un arma política. No son órdenes judiciales. No requieren causa probable. No necesitan aprobación de un juez. La agencia se autoriza a sí misma. Punto.
El Washington Post documentó el caso de un ciudadano estadounidense jubilado que fue investigado y visitado por agentes federales solo por enviar un correo electrónico crítico a un fiscal del DHS sobre la deportación de un refugiado afgano. No hubo amenazas. No hubo acoso. Solo opinión política protegida por la Primera Enmienda.
Ese correo bastó para que DHS enviara una subpoena administrativa a Google exigiendo información personal del ciudadano. Sin juez. Sin investigación penal. Sin transparencia.
El análisis más claro lo publicó Slate, explicando cómo la administración de Donald Trump, en su segundo mandato, ha supercargado este poder oscuro:
La profesora Lindsay Nash, de Cardozo School of Law, demostró que ICE ha delegado esta facultad incluso a agentes de “aplicación civil”, permitiéndoles exigir registros y testimonios a cualquier persona o entidad, sin límites claros ni controles reales.
No hay requisito de causa probable.
No hay obligación de identificar una violación concreta.
No hay rendición de cuentas pública.
Eso no es una herramienta administrativa. Es autoritarismo con formularios.
Big Tech: el eslabón débil
Aquí entra el otro problema: las grandes tecnológicas.
Google, Meta, Microsoft, Amazon y Apple concentran datos íntimos de millones de personas y reciben decenas de miles de subpoenas administrativas. Solo Google recibió 28,622 solicitudes en la primera mitad de 2025, un aumento del 15% tras el regreso de Trump al poder.
Algunas empresas dicen que “resisten”. Otras notifican al usuario solo si la ley se los permite. Todo depende de su buena voluntad.
Eso no es un sistema de derechos. Es un sistema de esperar que no te traicionen.
En un caso documentado, DHS pidió a Meta los datos personales de cuentas de Instagram que denunciaban a un agente de la Patrulla Fronteriza involucrado en redadas en Los Ángeles. Solo porque el caso se hizo público, un juez bloqueó la entrega. ¿Cuántos otros nunca llegan a esa instancia?
Por qué esto debería importarte aunque seas ciudadano
Porque el poder que se normaliza no se queda quieto.
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Las libertades civiles no se quedan en cajas separadas.
Hoy son inmigrantes. Mañana activistas. Luego periodistas. La historia siempre rima. -
Las comunidades locales pagan el precio.
Las redadas vacían lecherías, campos y fábricas. En estados como Idaho, entre 40 y 50% de la fuerza laboral agrícola carece de estatus legal. En la industria lechera, más del 90% es extranjera. Eso no desaparece sin consecuencias económicas reales. -
La separación familiar es una línea moral, no un “tema migratorio”.
Normalizar la crueldad como política pública corrompe todo lo que toca. -
El debido proceso no es opcional.
Detenciones sin audiencias reales, presión para firmar renuncias de derechos, deportaciones exprés. Si solo te importa cuando te beneficia, entonces no te importa en absoluto. -
Los estados de vigilancia no se jubilan.
Lectores de placas, bases de datos, brokers de información. Una vez financiados, se reutilizan. -
El dinero público exige fricción.
Miles de millones fluyen hacia centros de detención privados y contratistas tecnológicos sin supervisión real. Protestar es una forma legítima de auditoría ciudadana. -
El silencio también es una postura política.
No protestar le dice al poder que el costo del abuso es bajo. -
La solidaridad no es sentimental, es estratégica.
Defender hoy a quienes están en la mira dificulta que mañana te toque a ti.
YA BASTA
Si ejercer tu derecho constitucional a protestar implica el riesgo de ser rastreado por tu propio gobierno, el problema no eres tú. Es el gobierno.
ICE ya no es solo una agencia migratoria. Es un laboratorio de poder, con controles débiles, tecnología invasiva y un mandato político cada vez más amplio. Y cuando un Estado aprende que puede vigilar la disidencia sin consecuencias, rara vez decide dejar de hacerlo.
Si te incomoda pensar que un correo, una publicación o tu presencia en una protesta puedan activar una visita federal, esa incomodidad es saludable. Es la alarma funcionando.
La historia casi nunca pregunta dos veces quién decidió callarse cuando todavía había tiempo para hablar.
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