Un día incómodo para la historia
Hay días en los que la historia no solo se observa, se siente en el estómago. Hoy es uno de ellos, y no precisamente por los conflictos que hierven entre Irán, Israel o Venezuela —esa ya es la banda sonora permanente de un mundo que no aprende— sino porque uno de los estandartes más sólidos del movimiento chicano ahora aparece vinculado a acusaciones profundamente perturbadoras, incluyendo presuntos abusos que podrían haber involucrado a menores.
Estamos hablando de César Chávez, un hombre cuyo liderazgo llevó a campesinos a levantarse contra la coerción, la explotación y el abuso sistemático en los campos agrícolas, un gigante en el mundo de los derechos laborales y humanos, pero que, al final del día, como todos nosotros, estaba hecho de la misma materia frágil, contradictoria y muchas veces incómoda que define la condición humana.
¿Héroe o villano? La trampa del blanco y negro
La pregunta que flota en el aire —y que muchos quisieran resolver con una rapidez casi infantil— es si esto significa que debemos tomarlo de la columna de héroe y colocarlo en la de villano, como si la historia fuera un tablero limpio donde todo cabe en blanco o negro; pero la realidad, como siempre, se resiste a esa comodidad. Reducir a Chávez a cualquiera de esos extremos no solo sería injusto, sería intelectualmente perezoso.
Porque reconocer la posibilidad de su oscuridad no equivale a borrar su legado, pero tampoco puede significar ignorar o minimizar acusaciones que, de ser ciertas, son gravísimas. Las dos cosas pueden coexistir, aunque incomoden, aunque duelan, aunque nos obliguen a abandonar esa necesidad casi religiosa de tener figuras intocables.
La memoria incómoda: lo que ya sabíamos
Hace un par de años tuve la oportunidad de entrevistar a su nieto, Eduardo Chávez, y lo que encontré no fue propaganda ni defensa ciega, sino una honestidad que escasea en estos tiempos. Eduardo nunca ocultó que su abuelo, en algún momento, incluso cabildeó en contra de permitir la entrada de trabajadores migrantes desde México al campo laboral estadounidense, una postura que después corrigió al confrontar la realidad de los hechos. Ese episodio ha sido, en gran medida, perdonado dentro del movimiento, pero sigue siendo una prueba clara de algo que muchos prefieren ignorar: nadie es puro, nadie es consistente todo el tiempo, y nadie está libre de contradicciones.
Las acusaciones: lo que no se puede ignorar
Hoy, sin embargo, no estamos hablando de contradicciones políticas o estratégicas, sino de señalamientos mucho más serios. La United Farm Workers ha cancelado celebraciones en honor a Chávez tras lo que describe como “acusaciones preocupantes”, algunas relacionadas con abuso de mujeres jóvenes y posibles menores, señalando que, aunque no cuentan con reportes directos ni conocimiento de primera mano, la gravedad del asunto exige abrir espacio para posibles víctimas y buscar la verdad con urgencia (https://www.theguardian.com/us-news/2026/mar/17/cesar-chavez-united-farm-workers-union).
Incluso han decidido no participar en el Día de César Chávez este 31 de marzo, un gesto que no es simbólico sino profundamente revelador de la magnitud del momento.
Por su parte, la Cesar Chavez Foundation también expresó tristeza y conmoción, reiterando su compromiso con la justicia y con el apoyo a quienes pudieran haber sido afectados, lo que deja claro que incluso dentro de las instituciones que resguardan su legado existe una conciencia de que esto no puede ser ignorado.
La teología de la imperfección
Y es aquí donde entra una idea que siempre me ha resonado, de la teóloga Nadia Bolz-Weber, quien insiste en que se niega a permitir que las personas —o ella misma— queden atrapadas para siempre en el peor momento de sus vidas, una postura que no busca absolver, sino entender la complejidad humana sin caer en la tentación de la simplificación moral.
El peligro de los ídolos
Pero si vamos más al fondo, el problema real no es la existencia de la oscuridad, porque esa siempre ha estado ahí, sino nuestra necesidad casi desesperada de construir ídolos moralmente perfectos para no tener que pensar por nosotros mismos. En ese sentido, las palabras de la colombiana Juanita Uribe, escritas tras la revelación de que Noam Chomsky apareció en los archivos Epstein, resultan incómodamente pertinentes también para el caso de Chávez:
“El verdadero problema no es aceptar la oscuridad. El verdadero problema es que muchos necesitan modelos moralmente puros para evitar asumir la responsabilidad de su propio pensamiento. Porque cuando el ídolo cae, no es solo el ídolo el que cae: también cae la identidad prestada. Y eso es aterrador. Por eso se niega la evidencia, se protege el símbolo y se ataca a quien lo señala. Cuando el pensamiento necesita altares para no derrumbarse, deja de ser pensamiento: se convierte en fe. Y donde hay fe, no hay crítica; hay obediencia, hay secta, y hay discípulos dispuestos a llamar enemigo, traidor o pobre tonto a cualquiera que se atreva a pensar sin permiso.
No dejaré de leer a Noam Chomsky.
Nunca dejaré de escuchar a Michael Jackson.
No dejaré de ver las películas de Woody Allen.
Pero me niego a tener ídolos de barro y no me importa ser perseguida por el puritanismo de la agenda de cancelación.”
Memoria sin idolatría
Esa incomodidad es necesaria, porque obliga a sostener dos verdades al mismo tiempo sin refugiarse en consignas fáciles: Chávez puede seguir ocupando un lugar en la historia por su papel en la lucha campesina y, simultáneamente, estas acusaciones deben ser investigadas con toda la seriedad, sin excusas, sin blindajes ideológicos y sin convertir la lealtad en silencio.
Que se haga justicia, que cualquier posible víctima sea protegida con absoluta prioridad, y que la memoria histórica no sea una herramienta de idolatría sino de comprensión, porque al final, si algo queda claro en días como hoy, es que la grandeza y la falla humana no son opuestos, sino compañeros incómodos que viajan juntos, aunque nos cueste admitirlo.
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