En cuestión de semanas, Estados Unidos no solo volvió a asomarse peligrosamente al abismo de otra guerra en Medio Oriente, sino que decidió hacerlo con una ligereza fiscal que roza lo irresponsable, quemando recursos a un ritmo cercano a mil millones de dólares diarios, como si el presupuesto federal fuera una tarjeta corporativa sin límite y sin consecuencias.
Mientras los reflectores siguen fijos en la escalada con Irán y el ajedrez militar en el Golfo Pérsico, la verdadera historia se está escribiendo en silencio en los balances del gobierno: una deuda nacional que ya alcanzó los 39 trillones de dólares, creciendo a una velocidad que hace ver la última década como un simple calentamiento.
Cuando esa cifra se traduce a escala humana, el resultado es casi grotesco: 117 mil dólares por persona en un país donde millones apenas pueden absorber el costo de la renta o la gasolina.
No es una deuda abstracta. Es una estructura económica que depende cada vez más de endeudarse para sostener decisiones políticas que, lejos de corregirse, se intensifican.
EL COSTO REAL DE UNA GUERRA QUE NO APARECE EN LOS DISCURSOS
Hablar de “mil millones de dólares diarios” no es retórica, es contabilidad básica. Es el equivalente a construir hospitales, infraestructura o sistemas educativos completos… cada día… y en lugar de eso convertirlos en humo, fuego y contratos de defensa.
Ese ritmo implica decenas de miles de millones al mes, cifras que inevitablemente se traducen en mayor endeudamiento, presión inflacionaria y distorsiones económicas globales. No solo se trata de misiles o despliegues militares; se trata de energía más cara, fertilizantes más costosos, cadenas de suministro fracturadas y alimentos que suben de precio en cascada.
Y todo eso ocurre mientras el déficit federal ya muestra señales de estrés severo: más de un billón de dólares en rojo en apenas cinco meses, con un desbalance estructural entre ingresos y gastos que no necesita guerra para ser insostenible… pero que con guerra se vuelve explosivo.
TRUMP Y LA CONSAGRACIÓN DEL DESORDEN FISCAL
En ese contexto, el papel de Donald Trump no es secundario, es central. Su gestión ha sumado aproximadamente 11 billones de dólares a la deuda nacional, una cifra que por sí sola explica una porción desproporcionada del endeudamiento histórico del país.
A eso se añade su “Big Beautiful Bill”, una pieza legislativa que combina recortes fiscales para las élites con incrementos de gasto, y que distintas estimaciones colocan entre 2.4 y 6 billones adicionales en deuda en la próxima década.
No es política económica sofisticada. Es expansión del déficit envuelta en marketing.
AMLO Y LA AUSTERIDAD
Y aquí es donde el contraste deja de ser incómodo y se vuelve casi ofensivo para el discurso dominante en Washington.
Mientras Estados Unidos normaliza déficits gigantescos y guerras financiadas con deuda, Andrés Manuel López Obrador construyó su narrativa política alrededor de algo que en el norte parece extinto: la “austeridad franciscana”.
No como eslogan vacío, sino como práctica concreta.
Desde el inicio de su gobierno, rechazó el uso del avión presidencial por considerarlo un símbolo de exceso, lo envió al extranjero para su venta y finalmente lo colocó en 2023 por alrededor de 92 millones de dólares, destinando esos recursos a la construcción de hospitales en zonas pobres del país. (Univision)
El propio argumento de AMLO era brutalmente simple: ese avión representaba un lujo incompatible con un país con profundas desigualdades, un objeto que encarnaba una forma de gobernar desconectada de la realidad social. (Univision)
Además de vender la aeronave, su administración impulsó recortes a privilegios de altos funcionarios, eliminación de pensiones a expresidentes y una política de contención del gasto público que, con todas sus críticas y limitaciones, partía de una premisa elemental: el Estado no puede comportarse como si los recursos fueran infinitos. (Wikipedia)
Para ciertos círculos en Washington, eso suena casi subversivo.
UNA ECONOMÍA SOSTENIDA POR FACTORES QUE NO DURAN
El problema estructural en Estados Unidos no es solo el gasto, sino la fragilidad de sus ingresos. Gran parte del crecimiento reciente proviene de fuentes volátiles —aranceles, ganancias de capital, impuestos a la riqueza— mientras los ingresos base apenas crecen.
Eso significa que el sistema depende de condiciones que no son permanentes: mercados inflados, decisiones judiciales inciertas y flujos financieros que pueden evaporarse en cuestión de meses.
Cuando esos pilares se debilitan, el déficit no solo crece… se acelera.
EL MODELO QUE SE ESTÁ CONSTRUYENDO
Lo que emerge no es simplemente una economía endeudada, sino un modelo donde la deuda financia simultáneamente guerra, privilegios fiscales y estabilidad artificial.
Un modelo donde cada conflicto internacional añade presión interna, donde cada recorte fiscal agranda el agujero y donde cada “solución” política posterga el problema a una escala mayor.
No es una anomalía temporal. Es una dirección.
Y en esa dirección, la combinación de gasto militar de mil millones diarios, políticas fiscales regresivas y crecimiento débil de ingresos no apunta a estabilidad, sino a un punto de ruptura que no será teórico ni lejano, sino profundamente material, tangible en precios, empleo, servicios y calidad de vida.
Porque al final, no se trata de si el sistema puede sostenerlo.
Se trata de cuánto tiempo puede fingir que sí.
Añadir comentario
Comentarios