Cuando los archivos Epstein te ponen en el ojo del huracán, distraes a todo el mundo con un ataque billonario en Irán. Luego, cuando ese ataque te va de la patada —pese a los costos obscenos de sostener una guerra que sangra miles de millones diarios— necesitas algo nuevo, algo más grande, más ruidoso, más fácil de vender como espectáculo patriótico. Y ahí es donde entra Cuba, ese viejo fetiche geopolítico de Washington que nunca termina de desaparecer porque, para ciertos sectores, la Guerra Fría no es historia: es una adicción.
Resulta que, a pesar de su edad avanzada, Trump parece no recordar —o peor, decide ignorar deliberadamente— la cadena de eventos que convirtió a Cuba en uno de los puntos más peligrosos del planeta durante el siglo XX: Bahía de los Cochinos (algo en el que mi abuelo participó como estratega trabajando en el servicio de inteligencia de EEUU en la Fuerza Naval, aunque me confesó que no le pareció bien antes de que falleciera) en 1961 y la Crisis de Misiles Cubanos posteriormente en 1962, trece días eternos que colocaron al mundo al borde de una guerra nuclear entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Pero la historia no significa nada para un narcisista que mide la realidad en función de su conveniencia inmediata; lo único que entra en su cálculo es su propio pellejo, su propia supervivencia política, su necesidad constante de demostrar control aunque el costo lo paguen otros.
El problema es que esto ya no se queda en retórica inflamada ni en ocurrencias lanzadas al aire para consumo mediático. Según reveló USA TODAY, dentro del Pentágono ya se están afinando escenarios para una posible intervención en la isla, bajo ese lenguaje burocrático que habla de “contingencias” para no decir abiertamente que se está preparando el terreno para otra aventura militar cuya justificación real nunca termina de explicarse con honestidad.
Fuente: https://www.usatoday.com/story/news/world/2026/04/15/pentagon-ramps-up-secret-cuba-planning-trump/89623722007/
Todo esto ocurre en paralelo a una escalada de presión que comenzó con restricciones al suministro de petróleo hacia Cuba, una medida que se presenta como herramienta diplomática pero que en la práctica responde a una lógica mucho más conocida: tensar, desgastar, empujar al límite y luego evaluar si ese desgaste abre la puerta a algo más agresivo. Y en medio de ese contexto, el propio Trump sugiere que podría “tomar” Cuba de alguna forma, una elección de palabras que no es accidental y que revela una forma de entender la política exterior como si fuera una extensión del negocio inmobiliario.
Aquí es donde la conversación se vuelve incómoda para quienes todavía quieren vender esto como estrategia sólida. Porque incluso dentro de los análisis más fríos hay un reconocimiento claro: una operación militar podría ejecutarse con rapidez relativa, pero lo que vendría después no tiene nada de sencillo. Gobernar lo que se invade, reconstruir lo que se rompe, legitimar lo que nace impuesto desde afuera y evitar que el vacío se convierta en conflicto prolongado es exactamente el tipo de escenario que Estados Unidos ha manejado mal una y otra vez, aunque cada nuevo episodio se presente como si fuera distinto.
Y del otro lado, no hay señales de pasividad. El presidente cubano Miguel Díaz-Canel ya dejó claro que habría respuesta ante cualquier ataque, no como gesto simbólico sino como afirmación de una narrativa histórica donde la resistencia no es discurso sino práctica acumulada. Ese es el tipo de factor que en Washington suele subestimarse hasta que se convierte en problema real.
Lo que realmente debería preocupar no es que existan planes —los ejércitos siempre tienen planes— sino el momento en el que esos planes empiezan a filtrarse, a discutirse, a normalizarse en el discurso público. Porque no aparecen en el vacío: aparecen cuando el frente interno se complica, cuando la presión política crece y cuando desviar la conversación hacia un conflicto externo se vuelve tentadoramente útil.
América Latina no necesita mucha explicación para entender lo que está viendo. Ha vivido suficientes versiones de este guion como para reconocer sus patrones sin necesidad de subtítulos, y sabe que detrás de las palabras grandes suelen venir consecuencias que se quedan mucho más tiempo que los titulares que las anunciaron.
Y ahí es donde el asunto deja de ser retórico. Porque cuando alguien en el poder empieza a operar bajo la idea de que los límites son negociables o, peor aún, inexistentes, la discusión ya no gira en torno a si es viable hacerlo o no, sino a cuánto está dispuesto a tensar el sistema completo con tal de sostener su propia narrativa de control.
Añadir comentario
Comentarios