“La realidad es más extraña que la ficción.” Y el nuevo escandalo Hondurasgate parece sacado de una mezcla entre thriller político, manual de operaciones psicológicas y archivo perdido de la Guerra Fría. Sólo que ahora las conspiraciones no llegan por fax: llegan por Telegram, WhatsApp y campañas digitales financiadas con cientos de miles de dólares.
El intento de Donald Trump de colaborar con la derechista Maru Campos, mientras señala con el dedo al gobernador sinaloense Rubén Rocha Moya por supuestos vínculos con el narcotráfico pese a la escasa evidencia pública presentada, empieza a verse cada vez más como parte de un espectáculo político cuidadosamente construido. Al mismo tiempo, nueva información apunta a una presunta mancuerna internacional entre sectores ligados a Trump, el gobierno de Israel y figuras de la ultraderecha latinoamericana, utilizando al ex presidente hondureño convicto por narcotráfico Juan Orlando Hernández como pieza clave de una operación para desestabilizar gobiernos progresistas en América Latina. Pura injerencia yanqui envuelta en discurso de “seguridad” y “libertad”.
La investigación publicada por EL PAÍS revela una serie de audios filtrados que presuntamente vinculan a Trump, al presidente argentino Javier Milei y a Hernández con la creación de una red digital de propaganda y desinformación enfocada en México, Colombia y Honduras.
Y uno de los audios más explosivos deja poco espacio para interpretar inocencia burocrática o “malentendidos de contexto”. Según la filtración, Hernández dice lo siguiente:
“Vamos a montar una célula Presidente. Desde aquí, desde Estados Unidos, informativa, para que no nos rastreen ahí en Honduras. Va a ser como un sitio de noticias latinoamericanas… Se vienen unos expedientes contra México, se vienen unos expedientes contra Colombia…”
Ese fragmento es demoledor porque describe abiertamente la construcción de una operación mediática clandestina fuera de Honduras, con fines políticos regionales. No habla de periodismo. Habla de guerra informativa.
Según los audios, Hernández habría solicitado recursos para montar una “unidad de periodismo digital” desde Estados Unidos, lejos del radar hondureño. La misión: fabricar contenido político, operar sitios de noticias y lanzar “expedientes” contra la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum y el mandatario colombiano Gustavo Petro.
En otra grabación, Hernández afirma que Milei habría aportado 350 mil dólares a la operación regional:
“Le contaba al Presidente Asfura que pudimos hablar con Javier Milei, y él está apoyando con 350 mil dólares también.”
La investigación también señala que sectores cercanos al gobierno de Benjamin Netanyahu habrían ofrecido respaldo tecnológico y herramientas de inteligencia y monitoreo digital.
El patrón empieza a parecer demasiado familiar: campañas mediáticas sincronizadas, expedientes filtrados estratégicamente, operaciones psicológicas digitales y ataques permanentes contra gobiernos incómodos para Washington. América Latina lleva décadas atrapada entre golpes blandos, guerras de información y “democracias” convenientemente administradas desde el norte. Cambian las plataformas, pero no el apetito imperial.
La propia Sheinbaum declaró haber escuchado parte de los audios y advirtió sobre redes internacionales dedicadas a promover campañas de noticias falsas contra gobiernos progresistas.
Ahora bien, hay que decirlo claramente: muchas de las acusaciones todavía no han sido verificadas de manera independiente por organismos neutrales. Aunque los reportes hablan de análisis forense de voz y autenticación digital, parte de la información sigue bajo investigación.
Pero incluso esa incertidumbre revela algo inquietante. Les basta con reciclar el viejo manual imperial de siempre: financiar operaciones políticas desde Washington, utilizar a la CIA y sus redes de influencia, fabricar expedientes convenientes y apoyarse en personajes cuestionables, corruptos o abiertamente criminales para hacer el trabajo sucio que oficialmente no pueden admitir. La Doctrina Monroe nunca desapareció. Sólo cambió de uniforme. Antes llegaban con golpes militares y embajadores; ahora llegan con campañas mediáticas, filtraciones selectivas y “analistas” financiados desde el extranjero para intentar someter a gobiernos que no obedecen los intereses de Washington. América Latina sigue siendo tratada como el patio trasero del imperio, una región donde la soberanía sólo es respetada cuando beneficia al poder estadounidense.
Documentación y fuentes
#ElChupacast
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