Donald Trump ya cruzó esa línea extraña donde ni siquiera intenta esconder el desprecio que siente por las instituciones públicas. Esta semana, durante un evento en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca, soltó una frase que parece salida de un magnate borracho en casino de Atlantic City:
“Mi esposa me dijo que tengo que actuar presidencial, así que no use lenguaje vulgar. No lo haré. Normalmente habría dicho que esto era una casa de mierda… pero no quiero decirlo.”
Sí. El presidente de Estados Unidos llamó “casa de mierda” a la Casa Blanca. La misma residencia histórica donde vivieron presidentes durante guerras, crisis económicas, asesinatos políticos y momentos decisivos de la historia mundial. El mismo edificio que sobrevivió incendios, atentados, recesiones y Watergate… para terminar insultado por un vendedor de steaks con complejo de Luis XIV.
Pero lo más grotesco no es el insulto. Es lo que viene después.
Mientras Trump presume mármol nuevo, piedra “de lujo” y remodelaciones estilo resort para multimillonarios, republicanos en el Senado están empujando un gasto de hasta mil millones de dólares para medidas de seguridad relacionadas con el gigantesco salón de baile que Trump quiere construir en la Casa Blanca. Un salón que él mismo había prometido financiar privadamente. Porque claro, en el trumpismo las promesas duran menos que una universidad Trump acreditada. (HuffPost) (NY Daily News)
Y aquí viene la parte todavía más turbia: la demolición del East Wing comenzó antes de contar con autorización definitiva del Congreso. Trump arrancó trabajos y destruyó partes del área para avanzar su proyecto, mientras cortes federales comenzaron a cuestionar si excedió sus facultades presidenciales. Un juez incluso ordenó detener parte de la construcción aérea del proyecto, aunque posteriormente una corte de apelaciones pausó temporalmente esa decisión. (NY Daily News)
O sea: primero tumban paredes, luego preguntan si era legal. Método clásico del trumpismo. Igual que con inmigración, comercio, política exterior o derechos civiles. Romper primero. Inventar excusas después.
Y mientras tanto, los mismos republicanos que lloran histéricamente cuando alguien propone ampliar Medicaid, ayudar estudiantes o invertir en vivienda pública, ahora descubren mágicamente que sí hay dinero para candelabros, salones de gala y fantasías monárquicas.
En contraste brutal, México vivió algo simbólicamente opuesto. Andrés Manuel López Obrador vendió el avión presidencial, abrió Los Pinos al público y convirtió el exceso presidencial en museo. Claudia Sheinbaum ha mantenido esa narrativa de austeridad republicana. Uno podrá debatir políticas públicas todo el día, pero el mensaje político era clarísimo: el gobierno no debe vivir como aristocracia.
Trump piensa exactamente al revés.
Él no quiere representar al pueblo. Quiere que el pueblo admire su techo dorado. Quiere bailar en un salón imperial mientras millones de estadounidenses no pueden pagar renta, medicinas o supermercado. Porque el trumpismo nunca fue populismo económico. Fue culto a la personalidad envuelto en bandera gigante, música patriótica y resentimiento televisado.
Y ahora el “hombre del pueblo” quiere convertir la Casa Blanca en salón de bodas para oligarcas. Porque aparentemente el siguiente paso después de insultar la democracia… es redecorarla.
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