México ganó. El Tri ganó. Y no cualquier partido: ganó el partido inaugural del Mundial 2026, venciendo 2-0 a Sudáfrica en el Estadio Azteca, con goles de Julián Quiñones y Raúl Jiménez. Esto es enorme. No es un simple marcador bonito para presumir en redes. Es historia. México venía cargando una maldición en partidos inaugurales: de siete juegos de apertura mundialista anteriores, había empatado dos y perdido cinco. Pero esta vez no. Esta vez el Tri no salió a sobrevivir. Salió a ganar.
Y sí: amamos al Tri. Aunque nos haga sufrir. Aunque nos rompa el corazón cada cuatro años como ex tóxico con uniforme verde. Pero cuando México gana así, en casa, con el estadio lleno, con más de 80 mil almas empujando, uno entiende por qué este deporte mueve tanto. Desde el minuto siete, Julián Quiñones abrió la puerta de la ilusión. Después llegó Raúl Jiménez para sellar el 2-0 y mandar al país entero al grito. En el Ángel de la Independencia, miles de aficionados se reunieron para festejar, pese a la lluvia, pese al caos, pese a Tláloc haciendo su show dramático. “Nada nos detiene ni Tláloc, ¡Viva México!”, gritó un aficionado. Y tenía razón.
Esto se tenía que celebrar. Se acabó la mala racha. México ganó en la inauguración. El Tri hizo historia desde el primer partido. Pero precisamente porque amamos al Tri, también hay que decir lo incómodo: este Mundial se está vendiendo como fiesta popular, pero cada vez huele más a evento blindado para élites.
Porque mientras el pueblo festeja bajo la lluvia, otros miran el partido desde palcos carísimos, suites de lujo y espacios donde el futbol se convierte en escaparate social. Palcos de miles y miles de dólares, boletos fuera de control, precios que dejan fuera a familias completas, y una estructura diseñada para que el aficionado común sea decoración, no protagonista. Qué bonito: el pueblo pone la pasión, los de arriba ponen el candado y luego cobran entrada para mirar por la rendija.
Y no se trata solo de boletos caros. Según reportes de SinEmbargo, el control de la FIFA sobre el Mundial 2026 podría afectar directamente a pequeños negocios, restaurantes, bares, cafeterías, vendedores informales y medios sin derechos de transmisión. Un restaurante o bar que quiera transmitir partidos podría tener que pagar licencias especiales. Los costos mencionados van desde 4,650 pesos hasta más de 23,000 pesos, y podrían subir dependiendo del número de pantallas o el giro del negocio. O sea: hasta prender la tele puede convertirse en trámite de lujo.
También están las restricciones comerciales. Palabras como “Mundial 2026”, “Copa del Mundo”, “FIFA World Cup” o frases oficiales están protegidas como marcas. El uso comercial no autorizado podría generar multas millonarias. Porque nada dice “fiesta del pueblo” como amenazar a un vendedor con sanciones impagables por usar la palabra equivocada en una cartulina.
Y luego viene la persecución de mercancía pirata alrededor de los estadios, con restricciones en radios de hasta tres kilómetros en sedes mundialistas. Claro, hay marcas oficiales y derechos que cuidar. Pero también hay familias que viven de vender playeras, banderitas, llaveros, comida y recuerdos en eventos masivos. Para ellos, el Mundial no es glamour: es chamba. Es comida. Es renta. Es sobrevivir.
México ganó y hay que celebrarlo con todo el pecho. ¡Viva el Tri! ¡Viva la afición que canta bajo la lluvia! Pero también hay que abrir los ojos. El futbol nació del barrio, de la calle, de la cancha polvosa, del grito colectivo. Si el Mundial termina siendo solo para los que pueden pagar boletos imposibles, licencias absurdas y palcos de lujo, entonces no estamos viendo una fiesta popular: estamos viendo cómo nos venden nuestra propia pasión.
Añadir comentario
Comentarios