TIJUANA: ENTRE EL CAOS, EL PROGRESO Y LOS PELOS DE ELOTE

Publicado el 20 de agosto de 2026, 16:27

El 5 de agosto de 2021 fue la última vez que estuve en Tijuana, Baja California. Había ido para realizarme unos estudios médicos que, al final, no salieron como esperaba. (Volveré a publicar mi experiencia de aquel viaje inmediatamente después de este post). Cinco años después, casi exactamente en la misma fecha, regresé a la ciudad, también para hacerme estudios médicos. Esta vez pagué aproximadamente 10 centavos por cada dólar que me habrían costado en Estados Unidos unos estudios de diagnóstico cuyo precio allá habría superado los 10 mil dólares. En esta ocasión, recibí una excelente atención en un hospital privado.

La frontera no es territorio desconocido para mí. Cuando era niño viví en Sierra Vista, Arizona, así que recuerdo muchos viajes a Naco, Agua Prieta y Nogales. Por eso, llegar a Tijuana casi se siente como regresar a casa. Es una zona donde confluyen los idiomas, la gastronomía y, finalmente, las culturas en un delicioso caleidoscopio, y a veces una cacofonía, que bautiza esta tierra con su carácter áspero, distintivo y muy suyo. Incluso estoy aprendiendo a desenvolverme con más fluidez en el caló fronterizo.

Desde 2021 han pasado muchas cosas. Se fue la administración Biden y llegó “Pelos de Elote”, Parte II. En México se fue AMLO y ahora está Claudia Sheinbaum. Con todos esos cambios, encontré una ciudad muy diferente a la que vi hace cinco años.

Este año decidí volver sobre mis propios pasos, esta vez a plena luz del día, por Constitución y la Zona Norte. En 2021 fue ahí donde observé algunas de las condiciones más infrahumanas que había visto en mi vida. En aquel entonces, muchos migrantes sobrevivían como podían en las calles mientras intentaban conseguir asilo en Estados Unidos. Vi madres con niños muy pequeños tratando de vender ropa usada y baratijas prácticamente en cada esquina alrededor de la Plaza Santa Cecilia y rumbo al centro. Los albergues privados, administrados por grupos religiosos y humanitarios, parecían estar por todas partes, llenos de casas de campaña improvisadas y colchones manchados e infestados de chinches.

En 2026, me atrevo a decir que casi no había rastro de aquello. Vi quizá dos o tres vendedores ambulantes ofreciendo tiliches o baratijas. Durante todo el tiempo que caminé por esa zona, solamente vi a una persona durmiendo en la calle en este barrio rudo y bravo.

Decidí no fotografiar a nadie, en parte por mi propia seguridad, pero también por respeto. Las personas que están pasando por momentos difíciles no necesitan convertirse a la fuerza en un espectáculo para un “méndigo gabacho” como su servidor. Lo más inverosímil es que parece haber menos gente desamparada en las calles de Tijuana, por lo menos en el centro, que en Portland, Los Ángeles o incluso Las Vegas, donde hay muchísimas personas viviendo en esas condiciones.

Me detuve en una pequeña farmacia en las afueras de la zona para comprar un refresco frío. Mientras hacía la compra, una mujer corpulenta, rubia y de ojos azules me saludó en un inglés perfecto. Me contó que recientemente había sido deportada de Estados Unidos. Su padre era irlandés y su madre era de Jalisco, probablemente de Los Altos. Creció en Estados Unidos, donde su hermano nació y es ciudadano estadounidense, pero, por desgracia, ICE parece estar persiguiendo a todo mundo, y ella aparentemente terminó siendo una de sus víctimas.

Tras perder a sus padres, me contó que ahora se ganaba la vida como bailarina exótica, porque en México conseguir otros trabajos después de los 35 años puede ser complicado, especialmente cuando no tienes un título universitario y creciste en Estados Unidos. Aunque sospeché que quizá tenía algún problema de consumo de sustancias, ella aseguró que había sufrido quemaduras graves provocadas por una charola con cigarrillos en un bar de la zona.

En camino a mis citas, mis conductores de Uber pasaron junto al río, donde pude ver los campamentos más característicos de personas deportadas que luchan por sobrevivir. Mi corazón está con muchas de estas personas, que son tratadas como ganado por sus respectivos gobiernos.

A pesar de ver ejemplos de pobreza extrema, también noté mejoras importantes. El gobierno mexicano ha invertido enormes cantidades de dinero en infraestructura. Las calles y los servicios públicos se veían más ordenados, más limpios y considerablemente mejores que hace cinco años.

También vi muchas menos personas dedicadas al comercio informal, como las ventas en la calle. Esto podría deberse a operativos de la policía, a que la economía ha mejorado un poco o, probablemente, a una combinación de ambas cosas.

Y hablando de la policía, a pesar de la presencia de la Guardia Nacional Mexicana patrullando la zona, según varias personas con quienes hablé, la policía municipal parece ser la verdadera amenaza. En cuanto pasa la Guardia, entran los municipales a sacudir turistas y a quien se deje.

Me metí rápidamente a una tienda de música cuando vi a unos policías municipales sacar de su automóvil a un hombre con placas de California y quitarle lo que parecían ser varios cientos de dólares de la cartera, sin motivo aparente, antes de dejarlo ir.

Seguramente era para el “chesco” o el “cafecito”. Cuando has vivido en México, sabes perfectamente de qué estoy hablando.

En una zona como esta tienes que saber moverte en la calle y estar preparado incluso para perder un poco de dinero si quieres salir del problema sin mayores consecuencias.

También percibí claramente que Tijuana atraviesa una transformación seria. Ya quedaron atrás los días en los que era solamente un enclave para gringos o una ciudad definida por sus maquiladoras. Hoy Tijuana es mucho más cosmopolita.

El centro cuenta con un vibrante corredor tecnológico y ahora alberga corporaciones internacionales de primer nivel. Cada vez más residentes de Estados Unidos, los “yanquis” y “gabachos”, cruzan también por turismo médico.

Como resultado, algunas partes del centro se sienten más como Chapultepec en la Ciudad de México, o Palermo y Belgrano en Buenos Aires. Vi más autos nuevos de lujo, incluidos muchos de marcas europeas cuyos modelos ni siquiera están disponibles en Estados Unidos, que los que suelo ver en el centro de Boise.

La riqueza, el nivel educativo y el ambiente general están convirtiendo a Tijuana en un verdadero gigante urbano, una ciudad que fácilmente podría rivalizar con San Diego dentro de 20 o 30 años. Esa sensación no la tuve hace cinco años. Ahora sí.

Definitivamente no es el “hoyo de mierda del tercer mundo” que Trump y otros quisieran hacerte creer. Su gastronomía es de clase mundial, el nivel educativo sigue avanzando y la ciudad tiene mucha más vitalidad que la mayoría de las ciudades estadounidenses.

Como ya había concluido en 2021, la región fronteriza es complicada. Es un ecosistema propio que merece ser entendido y respetado. Y, francamente, Tijuana merece una segunda mirada como un gran ejemplo de comercio, resistencia y tenacidad.

Es una ciudad hospitalaria que incluso recibió a la selección nacional de Irán durante el Mundial de este año, después de que Trump no permitiera que el equipo pasara la noche en Estados Unidos antes de un partido en San Diego:

https://apnews.com/article/iran-world-cup-tijuana-29319fcd3d6a486c1d584231aefc7f0a#

Y, todavía más importante, Tijuana también recibió al Chupacabras en sus calles. Y eso, por sí solo, ya es toda una distinción.

Me permitió deambular por sus calles como El Chupacabras.


Del 2021:
Esta última semana pasé unos días en una de las ciudades más rudas y movidas del mundo: Tijuana, ubicada a solo 30 minutos de San Diego. Mi intención era realizarme unos estudios médicos, pero, para mi molestia, no pudieron hacerme el examen debido a algunos operadores poco escrupulosos de Salud Digna, que de ahora en adelante será conocida entre mis amigos hispanohablantes como “Salud Indigna”. A pesar de la decepción, tuve la oportunidad de conocer de primera mano la realidad de la frontera sur, que enfrenta una crisis migratoria cada vez más polarizada.

Cruzar la frontera a pie fue la parte más sencilla de toda mi odisea. Al acercarme al puesto de revisión mexicano en “la garita”, saqué mi pasaporte mexicano. El soldado que estaba a cargo ni siquiera se molestó en revisar mi fotografía o información biométrica. Simplemente me hizo una seña para que siguiera y sonrió mientras gritaba: “¡Bienvenido, paisano!”. Solo podía esperar que regresar a Estados Unidos fuera igual de fácil.

Después de caminar unos cuantos cientos de metros, me recibió una avalancha de taxistas. Negocié con uno que me llevaría unos 20 minutos hacia el interior de la ciudad, hasta un pequeño y agradable hotel ubicado aproximadamente a un kilómetro del lugar donde supuestamente me realizarían una tomografía. En el camino hacia mi destino, el conductor pasó por las afueras de la Zona Norte, el famoso barrio rojo de Tijuana, un área que, según se dice, solo es superada por Ámsterdam en cuanto al comercio de placeres carnales. Fue una imagen sombría ver a tantas mujeres jóvenes formadas por la zona, todas con la esperanza de intercambiar su compañía con quien pudiera pagar más, simplemente para tener una oportunidad de sobrevivir económicamente.

Tijuana es una complicada mezcla de culturas, ideales y formas de vida que chocan en una especie de cruce internacional cuya existencia parece, de alguna manera, inevitable. Es aquí donde Estados Unidos deja a miles de deportados y exconvictos que ya cumplieron sus condenas. Este centro urbano de más de 2 millones de habitantes también se ha convertido en uno de los destinos preferidos de migrantes provenientes de América Latina, China y África, quienes hacen un esfuerzo decidido por entrar al vecino Estados Unidos.

También es un punto de encuentro de la cultura mexicana, con una fuerte presencia de personas originarias de la Ciudad de México, Puebla, el llamado Triángulo Dorado y Sinaloa. Para algunos puede parecer una mezcla desordenada; para otros, un auténtico crisol cultural. Sin embargo, la naturaleza explosiva de su ubicación geográfica, combinada con una población extraordinariamente diversa, ha creado un desafortunado caldo de cultivo para la criminalidad. En 2018, la ciudad llegó a ser catalogada como la capital mundial del homicidio, con una tasa de 138 asesinatos por cada 100,000 habitantes.

Teniendo todos esos factores en mente, el lunes decidí recorrer la zona del centro, alrededor de la avenida Revolución, para observar más de cerca qué es lo que hace funcionar a la ciudad. Una de mis primeras paradas fue el elegante restaurante Caesar’s, donde se inventó la ensalada César en 1927. Revolución está llena de antros, bares y discotecas. Es aquí donde turistas y habitantes locales de clase media y alta gastan su dinero durante los fines de semana.

A pocas cuadras del restaurante se encuentra la Plaza Santa Cecilia, un área llena de artesanos, puestos de productos locales y músicos ambulantes que tocan prácticamente a todas horas.

Al caminar algunas cuadras más, pude observar varios campamentos y albergues de migrantes, integrados en gran medida por centroamericanos que han estado esperando audiencias de asilo en Estados Unidos. Quería verlos con mis propios ojos para entender mejor lo que estaba ocurriendo.

Estos albergues se encuentran a menos de 10 cuadras del lujoso Caesar’s y en las últimas calles antes de que comience la Zona Roja. Me habría gustado documentar lo que encontré con fotografías, pero debido al riesgo constante de asaltos y robos decidí dejar mi teléfono en el hotel.

Los campamentos tenían un aspecto descuidado, sucio y deteriorado. Todos los albergues estaban protegidos de manera inquietante con pesadas rejas de acero para resguardar a los migrantes y al personal. El contraste con el lujo y la riqueza que se encuentran a pocas cuadras de distancia era brutal, especialmente considerando que la opulencia de Estados Unidos se encuentra a escasos 5 minutos de allí.

Los migrantes que vi tenían rostros serios y cansados, posiblemente debido a una alimentación limitada basada en tortillas y frijoles donados a los centros por organizaciones no gubernamentales e iglesias carismáticas de los alrededores. Montones de basura se acumulaban sobre colchones manchados de orina y excremento que llegaban prácticamente hasta la calle. Un olor acre a desechos humanos impregnaba el ambiente.

Los voluntarios corrían de un lado a otro tratando de consolar a las familias y brindarles la orientación legal necesaria. Las calles cercanas estaban llenas de tianguis improvisados con lonas y mesas, donde algunos migrantes vendían ropa usada, celulares de segunda mano y radios. Nuevamente, el contraste con la riqueza exhibida abiertamente en las calles vecinas no podía ser más marcado.

Después de haber viajado por América durante más de 30 años y de haber vivido en México y Argentina, puedo decir que esta es una de las situaciones de pobreza más extrema que he presenciado.

Sin embargo, no todos los grupos de inmigrantes en Tijuana han quedado relegados a una existencia tan dura. La mayor sorpresa de mi recorrido por el centro fue encontrar una comunidad haitiana próspera y resistente.

Muchos haitianos llegaron a México después del terremoto de 2010 con la esperanza de llegar a Estados Unidos. Cuando no pudieron entrar, miles decidieron quedarse y perseguir lo que podríamos llamar el “sueño mexicano”. Para mi agradable sorpresa, muchos han logrado salir adelante.

Más de 10,000 personas viven en la zona conocida como “Little Haiti”. Durante mi recorrido por el centro me encontré con varios miembros de la comunidad haitiana. Fueron muy amables, se veían bien cuidados y parecían haberse integrado a la cultura local, y la mayoría hablaba bastante bien el español.

Existen barberías haitianas y restaurantes que ofrecen una muestra de su cultura. Debo decir que quedé muy impresionado con la fortaleza y adaptación de la comunidad haitiana en Tijuana. Era algo que jamás habría imaginado encontrar.

El martes llegó a su fin mi estancia en Tijuana. Había llegado la hora señalada de hacer las maletas y regresar a Estados Unidos.

A las 5 de la mañana tomé un taxi durante unos 20 minutos hasta “la línea”, es decir, la frontera. El conductor que me dejó allí me advirtió que probablemente estaría formado durante horas. Calculo que la fila se extendía por más de 1.5 kilómetros, casi una milla.

Estuve formado desde las 5:30 de la mañana hasta que finalmente crucé aproximadamente a las 8:30. Fueron 3 horas mientras miles de personas esperábamos nuestro turno para ingresar a Estados Unidos por el cruce peatonal de San Ysidro.

Mientras avanzábamos a paso de tortuga, comenzó a circular la noticia de que cientos de hondureños que estaban delante de nosotros habían irrumpido en la fila y declarado que estaban solicitando asilo. Desplegaron una enorme bandera hondureña y exigieron que se les permitiera entrar.

Ese acto, visto de manera aislada, podría interpretarse como una expresión de orgullo nacional. Sin embargo, encendió las tensiones entre muchos de los mexicanos que llevaban horas esperando para cruzar.

Un señor que estaba delante de mí comentó que, en ocasiones, tiene que formarse desde las 3 de la mañana para poder llegar a su trabajo en San Diego a las 9. Otra mujer me dijo que su hermano es contratista, encargado de conseguir trabajadores para varias granjas medianas de Baja California, y que en múltiples ocasiones intentó ofrecer empleo a migrantes centroamericanos, pero las ofertas fueron rechazadas.

Incluso el Gobierno de México ha hecho varias propuestas para que los migrantes permanezcan en el país y regularicen su situación, pero, según las personas con quienes hablé, pocos parecen interesados. La mayoría quiere continuar hacia el norte.

Las relaciones entre algunos mexicanos y centroamericanos ya son tensas. Varias personas de Tijuana que estaban en la fila mencionaron un incidente de 2018 en el que migrantes hondureños supuestamente exigieron asilo o 50,000 dólares a Estados Unidos.

También mencionaron el caso caricaturizado de “Lady Frijoles”, una migrante que posteriormente fue deportada a Honduras y que se hizo famosa gracias a un video viral en el que se quejaba de la comida que recibía en el albergue, calificando los frijoles como “comida para puercos”.

Mi experiencia en Tijuana me mostró que la inmigración es un asunto profundamente complejo. Hay demasiados factores alrededor del fenómeno como para emitir un juicio sencillo sobre un grupo en particular. Tampoco existe una solución única que cualquier gobierno pueda aplicar de manera general.

Si algún día queremos resolver realmente la crisis fronteriza, será necesario enfrentar las causas profundas de la desigualdad, la pobreza y el colonialismo. Hasta entonces, el choque entre culturas, etnias, privilegios y, finalmente, dinero continuará definiendo la región mientras siga imperando la ley de la selva.

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