A finales de los años ochenta y principios de los noventa pasé temporadas en Argentina. Cuando llegué, el austral cotizaba aproximadamente a trece por dólar. Pocos años después, la relación había brincado a cerca de trece mil por dólar. Los precios parecían cambiar de la noche a la mañana y el dinero perdía valor antes de que uno pudiera gastarlo.
Estados Unidos no ha alcanzado una hiperinflación comparable con aquella tragedia, pero en 2026 sí reconozco una sensación familiar: el salario llega, las cuentas se acumulan y la realidad del supermercado contradice el discurso triunfalista del gobierno.
En agosto de 2024, rodeado de cajas de cereal, pan, café y otros productos, Donald Trump aseguró que, si ganaba, reduciría los precios “a partir del primer día”. Después reconoció que bajar los precios sería “muy difícil”. Ahora, a casi dos años de su regreso a la Casa Blanca, los números oficiales exhiben el tamaño del engaño.
Entre enero de 2025 y agosto de 2026, el nivel general de precios aumentó aproximadamente 5.4%. La despensa subió 3.4%. Puede parecer una cifra moderada hasta recordar que Trump no prometió que los alimentos aumentarían lentamente: prometió que bajarían inmediatamente.
La gasolina aumentó 30.6% según el índice del Buró de Estadísticas Laborales. El promedio semanal de la Administración de Información Energética pinta un panorama todavía más brutal: la gasolina regular pasó de $3.109 por galón durante la semana de la toma de posesión a $4.319 el 14 de septiembre, un incremento cercano al 39%.
La electricidad cuesta alrededor de 10% más; los boletos de avión, 16.8%; la renta, 4.5%; la energía en general, 20.6%; y los hospitales y servicios relacionados, 8.8%. El precio promedio de la carne molida 100% aumentó casi 25%, de aproximadamente $5.55 a $6.92 por libra.
Mientras tanto, el salario promedio por hora, una vez descontada la inflación, apenas avanzó alrededor de medio punto porcentual. Dicho de otra manera: los precios generales subieron más de diez veces lo que aumentó el poder adquisitivo real del trabajador promedio.
Y ahora llega el segundo golpe.
Ayer, la Reserva Federal presidida por Kevin Warsh —el hombre seleccionado personalmente por Trump— elevó la tasa de interés en un cuarto de punto, colocándola entre 3.75% y 4%. Es la primera alza desde 2023. La decisión fue unánime y la propia Reserva Federal declaró que la inflación continúa elevada y que persiste la incertidumbre provocada, en parte, por acontecimientos geopolíticos.
Trump quería un presidente de la Reserva Federal que obedeciera sus órdenes y redujera las tasas. En cambio, recibió una realidad económica que ni siquiera su propio elegido puede maquillar.
La nueva alza no solamente afecta a Wall Street. Significa préstamos más caros, intereses mayores en las tarjetas de crédito, financiamiento automotriz más costoso y presión adicional sobre quienes aspiran a comprar una vivienda. El ciudadano termina pagando dos veces: primero mediante los precios elevados y después mediante el costo adicional de pedir dinero prestado.
La guerra de Trump contra Irán —emprendida sin una declaración formal de guerra ni una autorización específica del Congreso— contribuyó directamente al choque energético. La incertidumbre en Medio Oriente disparó el petróleo, la gasolina, el diésel y el combustible de aviación. Pero la energía no explica todo.
Los aranceles de Trump funcionan como impuestos cobrados en la frontera. Los pagan inicialmente los importadores estadounidenses, quienes frecuentemente trasladan el costo a distribuidores, negocios y consumidores. Cuando se encarecen los componentes, los alimentos importados, los fertilizantes, los materiales de construcción y los bienes manufacturados, el resultado termina apareciendo en la caja registradora.
No todo aumento puede atribuirse exclusivamente a una sola decisión presidencial. La economía es demasiado compleja para semejante simplificación. Sin embargo, Trump heredó una inflación anual cercana al 3%, lanzó una guerra comercial mundial, abrió otro frente militar y amplió el déficit mientras exigía públicamente tasas artificialmente bajas. Después se sorprendió cuando aumentaron los precios y su propia Reserva Federal tuvo que pisar el freno.
Eso no es administración económica. Es apagar un incendio con gasolina y luego culpar al termómetro por registrar el calor.
Trump prometió despensa barata, gasolina accesible y alivio inmediato para las familias. Entregó energía más cara, rentas más altas, intereses mayores y salarios que apenas conservan su poder adquisitivo. La promesa del “primer día” terminó convertida en una factura que seguimos pagando todos los días.
¿Cansado de estas chingaderas? Entonces mándale un mensaje al güey naranja donde realmente cuenta: en las urnas.
Este noviembre, vota a favor de un cambio.
#ElChupacast
FUENTES:
Federal Reserve: decisión del 16 de septiembre de 2026
Federal Reserve: historial de tasas de interés
BLS: Índice de Precios al Consumidor, agosto de 2026
BLS: ingresos reales, agosto de 2026
EIA: precios semanales de la gasolina regular
PBS NewsHour: conferencia de Trump sobre los precios, 15 de agosto de 2024
HuffPost: las guerras de Trump y el aumento de las tasas
HuffPost: la Reserva Federal eleva las tasas bajo Kevin Warsh
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