¡OBRIGADO, LULA! BRASIL CELEBRA Y AMÉRICA LATINA RESPIRA

Publicado el 26 de octubre de 2026, 6:00

Brasil le acaba de recordar a Donald Trump algo que su soberbia imperial parece impedirle entender: los pueblos latinoamericanos tienen voz, tienen memoria y tienen derecho a decidir su futuro sin pedirle permiso a Washington.

Luiz Inácio Lula da Silva ganó un cuarto mandato presidencial al derrotar a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, después de remontar su desventaja de la primera vuelta. Millones de brasileños salieron a votar y frenaron el regreso de una dinastía política que confunde autoridad con autoritarismo. El derrotado anunció que no reconoce el resultado y buscará anularlo, como si las urnas necesitaran su autorización para tener validez.

La victoria también representa un revés para Trump, cuyo gobierno utilizó aranceles y sanciones para presionar a Brasil en defensa del Bolsonaro padre. Washington vinculó castigos comerciales con el proceso judicial por la trama golpista, trasladando a trabajadores y empresas brasileñas el costo de una exigencia política extranjera.

Conviene decirlo claramente: eso es injerencia. Cuando una potencia utiliza su mercado para intentar torcer decisiones judiciales de otro país, estamos frente a una forma de chantaje económico. La soberanía brasileña no estaba en venta, aunque Trump pareciera convencido de que bastaba con subirle el precio a las exportaciones para conseguir obediencia.

Su gobierno también sancionó al ministro Alexandre de Moraes y a su esposa. Y aunque Trump no respaldó formalmente a Flávio, su administración tomó medidas solicitadas por la familia Bolsonaro. El favoritismo puede expresarse mediante decisiones oficiales, aun sin una fotografía de campaña o una declaración de apoyo.

La ironía es que semejante presión pudo fortalecer precisamente al hombre que pretendía debilitar. Según el análisis de Associated Press, los aranceles alimentaron una reacción nacionalista que Lula convirtió en defensa de la soberanía. Nadie puede contar cuántos votos produjo ese rechazo, pero resulta perfectamente comprensible que un brasileño se moleste cuando un presidente extranjero pretende darle órdenes a su país.

Para América Latina, veo una bocanada de aire fresco. Un Brasil con política exterior independiente conserva espacio para negociar con Estados Unidos, China y sus socios de los BRICS sin entregarle todas sus decisiones a una sola capital. Para México, también significa mantener un interlocutor importante para ampliar la cooperación regional y explorar mercados ante las presiones estadounidenses.

Claudia Sheinbaum celebró el triunfo con un mensaje directo: “Viva la democracia, ganó el pueblo de Brasil. ¡Felicidades presidente Lula!”. Comparto esa alegría porque nuestra región necesita gobiernos capaces de entenderse entre sí, construir acuerdos y defender sus intereses sin aceptar que Washington distribuya certificados de buena conducta.

Ahora bien, apoyar a Lula no significa entregarle un cheque en blanco. Coincido con la preocupación de Glenn Greenwald por la censura y la concentración del poder judicial, particularmente alrededor de las decisiones de Alexandre de Moraes. Defender la democracia exige examinar también las restricciones que se justifican en su nombre y reclamar garantías para quienes piensan distinto.

Por eso celebro esta victoria con los ojos abiertos. Lula tendrá que responder por sus decisiones, combatir la desigualdad y respetar libertades; sus simpatizantes tenemos la obligación de exigirle resultados. Precisamente porque considero que era la mejor opción, me niego a confundir solidaridad con obediencia o entusiasmo con silencio.

Hoy, sin embargo, corresponde reconocer a quienes se movilizaron para decidir el rumbo de su país. Frente al chantaje económico y la pretensión de tratar a América Latina como propiedad ajena, Brasil defendió su derecho a escoger.

Al pueblo brasileño: obrigado.

A Lula: obrigado, irmão.

Y a Trump: vaya aprendiendo que América Latina tiene pueblos, no propietarios.

#ElChupacast

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