El 22 de febrero de 2026 cayó Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, alias El Mencho, en Tapalpa, Jalisco. La presidenta Claudia Sheinbaum fue clara: la operación fue planeada y ejecutada al 100% por fuerzas mexicanas. Estados Unidos aportó inteligencia previa, nada más. Punto.
Fuente: https://www.facebook.com/watch/?v=922053616907140
Que en Washington quieran colgarse la medalla es otra historia. Pero la bala, la estrategia y el riesgo fueron mexicanos.
Ahora bien. Que nadie se engañe. La muerte de un capo no significa el fin del negocio. La propia experiencia lo grita. La “estrategia del kingpin” lleva décadas descabezando organizaciones sin desmantelar las redes. Más fragmentación, más disputas territoriales, más violencia. Lo explicó incluso Jacobin al analizar la lógica de esta guerra interminable:
https://jacobin.com/2026/02/el-mencho-mexico-cartels-us/
Y aquí entra el capítulo incómodo que muchos prefieren olvidar.
En 2012, durante el gobierno de Felipe Calderón, El Mencho fue detenido… y liberado en cuestión de horas. La captura del 27 de agosto en Zapopan se esfumó casi de inmediato. Bajo la responsabilidad del entonces secretario de Seguridad Genaro García Luna, hoy condenado en Estados Unidos por vínculos con el narcotráfico.
Fuente: https://cms.losreporteros.mx/el-dia-en-que-calderon-dejo-libre-a-el-mencho-la-captura-fallida-que-impulso-al-cjng/
Ese momento fue bisagra. Tras la liberación, el CJNG dejó de ser grupo regional y se convirtió en potencia criminal internacional. La historia no empezó ayer.
Entonces sí, Sheinbaum puede reivindicar un operativo soberano y exitoso. Y lo es. Pero también hay que decirlo con frialdad: esto no acaba con los cárteles. México arrastra más de 300 mil muertos desde que Calderón militarizó la seguridad en 2006. Los flujos de droga siguen. El mercado estadounidense sigue. Las armas siguen entrando.
El mensaje es doble.
Uno: México no necesita tutelaje extranjero para actuar.
Dos: mientras exista el negocio, existirán estructuras que lo sustituyan.
Cae un nombre. El sistema permanece.
La historia nos ha enseñado algo brutal: descabezar no es desmontar. Y esta guerra, por ahora, no tiene punto final.
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