Nick Fuentes es un hombre profundamente perturbado. Hijo de un mexicano-estadounidense, autodenominado “incel”, vendedor de veneno racial y promotor de porquerías antiinmigrantes, Fuentes representa una de las contradicciones más grotescas de la derecha extremista gringa: el hijo de una historia migrante que se dedica a escupirle a los migrantes. Una especie de Frankenstein ideológico con micrófono, internet y cero vergüenza, porque aparentemente eso ya cuenta como carrera política en este siglo tan fino.
Y sin embargo, aquí empieza la parte incómoda. La libertad de expresión no fue diseñada solamente para proteger al poeta simpático, al comentarista razonable o al ciudadano que dice cosas que nos caen bien. Existe precisamente para los momentos en que el estómago se nos revuelve, cuando el personaje al micrófono nos parece repugnante, peligroso, ignorante o moralmente podrido. Ahí se descubre si creemos en un principio o solamente en un permiso condicionado por nuestras emociones del día.
Tucker Carlson, por su parte, es otro caso lleno de ironías. Durante años fue una máquina de resentimiento en Fox News, un hombre que convirtió el miedo blanco, la paranoia cultural y el espectáculo antiinmigrante en producto televisivo. Yo lo ataqué semanalmente cuando estaba en Fox, y con razón. Pero ahora, en uno de esos giros que hacen que la política estadounidense parezca escrita por guionistas borrachos, Carlson parece estar viendo con más claridad ciertos peligros que muchos liberales institucionales prefieren mirar de reojo: la guerra con Irán, el poder del estado de seguridad nacional, la censura disfrazada de protección y el uso de la palabra “terrorismo” como garrote contra el disidente incómodo.
Y aquí entra el punto central: esto no se trata de rehabilitar a Tucker Carlson, ni muchísimo menos de limpiar la mugre ideológica de Nick Fuentes. Se trata de entender que cuando el gobierno empieza a decidir quién puede hablar, quién es “legítimo”, quién pertenece al movimiento correcto y quién debe ser tratado como amenaza doméstica, el problema ya no es solamente el personaje al que están apuntando hoy. El problema es el aparato que se está construyendo para apuntar mañana contra cualquiera.
Ken Klippenstein reportó que Sebastian Gorka, funcionario de contraterrorismo de la Casa Blanca, mencionó a Carlson y Fuentes dentro de una discusión sobre extremismo de derecha, aunque intentó resolver la contradicción diciendo que tal vez ni siquiera son verdaderos conservadores. Qué conveniente. Si obedecen a Trump, son parte del movimiento. Si critican la guerra con Irán o incomodan al líder supremo con peinado de algodón de azúcar enojado, entonces dejan mágicamente de ser derecha y pasan a la categoría nebulosa de amenaza. Esa es la burocracia autoritaria en acción: etiquetas nuevas para abusos viejos.
https://www.kenklippenstein.com/p/new-counterterror-strategy-eyes-tucker?triedRedirect=true
Por eso las palabras de Noam Chomsky siguen siendo esenciales: “If we don't believe in freedom of expression for people we despise, we don't believe in it at all.” No es una frase bonita para colgar en una taza. Es una prueba moral. Defender la libertad de expresión de alguien que nos cae bien no cuesta nada. Defenderla para alguien que nos da asco cuesta muchísimo. Precisamente por eso importa.
Glenn Greenwald entiende ese punto con claridad: el estado no debe tener el poder de castigar ideas impopulares bajo pretextos morales cambiantes. Hoy pueden decir que están protegiendo a la sociedad de Fuentes, Carlson o Alex Jones. Mañana pueden decir que están protegiendo a la nación de periodistas migrantes, activistas propalestinos, sindicatos, maestros, estudiantes, organizaciones de derechos civiles o comentaristas latinos que se atreven a decir que el emperador no solamente está desnudo, sino que además se pintó de naranja antes de salir al balcón.
https://singjupost.com/tucker-carlson-show-w-glenn-greenwald-on-free-speech-transcript/
Fuentes no se vuelve víctima heroica por ser investigado, y Carlson no se convierte en mártir de la democracia por haber descubierto tarde que el monstruo que ayudó a alimentar también muerde a sus antiguos aliados. Pero el principio no depende de la pureza del afectado. Esa es la trampa. Los gobiernos autoritarios siempre empiezan con personas que muchos no quieren defender. Primero van por los repulsivos, los raros, los marginales, los radicales, los impopulares. Y cuando la sociedad aprende a mirar hacia otro lado, el círculo se expande. Siempre se expande.
No se defiende la libertad de expresión porque todos los que hablan sean buenos. Se defiende porque el poder del estado es demasiado peligroso para entregárselo a hombres que confunden crítica con traición, oposición con terrorismo y lealtad constitucional con insulto personal. Si no defendemos ese derecho incluso cuando el acusado nos repugna, entonces no estamos defendiendo una libertad. Estamos defendiendo un club. Y los clubes, tarde o temprano, siempre terminan con guardias en la puerta.
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