Donald Trump ama vivir en el pasado. No como nostalgia inocente de abuelo viendo fotos viejas, sino como proyecto político con olor a casino, pólvora y ocupación. En su cabeza, Cuba sigue siendo aquella Habana de Fulgencio Batista: el patio trasero donde los ricos, los famosos y los mafiosos podían jugar a Las Vegas tropical, con apuestas, prostitución, ron, negocios turbios y todos esos vicios que Washington fingía condenar mientras los exportaba con pasaporte diplomático.
Fue en ese ambiente que Fidel Castro logró vender una revolución que, con todos sus pecados, abusos y fracasos, terminó resistiendo a Washington por décadas. Y ahora, con Trump otra vez en el poder, el hombre naranja vuelve a desenterrar huesos de dinosaurio, hablando de Cuba como si fuera una propiedad perdida en una subasta de Mar-a-Lago. El 1 de mayo, Trump dijo en Florida que Estados Unidos estaría “tomando” Cuba “casi inmediatamente”, una frase tan colonial que hasta Teddy Roosevelt pediría que le bajaran dos rayitas. (Fox News)
La nueva escalada no es puro teatro. El Departamento de Justicia anunció el 20 de mayo de 2026 una acusación formal contra Raúl Castro, de 94 años, y otros cinco acusados por el derribo de dos avionetas civiles de Brothers to the Rescue el 24 de febrero de 1996. Según el DOJ, las avionetas iban desarmadas y cuatro personas murieron. Las acusaciones incluyen asesinato y destrucción de aeronaves, mientras Raúl era ministro de Defensa de Cuba. (Department of Justice)
El caso tiene peso histórico y dolor real. Las familias de los muertos llevan casi 30 años esperando justicia. Pero el momento político huele demasiado conveniente. No estamos viendo solamente una investigación judicial tardía; estamos viendo una administración que usa tribunales, sanciones, portaaviones y discursos de “libertad” como si fueran piezas de una misma maquinaria de presión. Reuters reportó que Marco Rubio lanzó un mensaje en español ofreciendo una nueva relación con el pueblo cubano y 100 millones de dólares en ayuda alimentaria y médica, mientras culpaba a la corrupción de los líderes cubanos por la crisis de electricidad, comida y combustible. (Reuters)
Y aquí está la verdad incómoda: sí, el régimen cubano está podrido por dentro. Defender la soberanía de Cuba no significa taparse los ojos ante los privilegios de sus jerarcas. En Las Vegas, hace apenas un mes, hablé con varios taxistas cubanos que me contaron historias durísimas de familias sobreviviendo entre apagones, escasez y humillaciones, mientras los supuestos comunistas de arriba viven como oligarcas, moviendo aceite, fórmula para bebé y suministros para venderlos a quienes tienen dólares. Qué maravilla: comunismo para el pueblo, capitalismo VIP para los conectados. La humanidad nunca pierde una oportunidad para decepcionar con eficiencia industrial.
Hace ocho años también hablé con un exteniente de la Fuerza Aérea Cubana que peleó del lado de la Revolución. Me dijo que admiraba al Che Guevara, pero no soportaba a Fidel. Creía en la causa comunista, pero llamaba a Fidel un fraude. Esa contradicción resume Cuba mejor que cualquier discurso de Washington: hay gente que defendió la Revolución, creyó en su promesa, y aun así terminó traicionada por los mismos que hablaban en nombre del pueblo.
Pero la respuesta de Trump no va a provocar cambio democrático. Va a provocar atrincheramiento. La prensa cubana oficial ya está usando el lenguaje de soberanía y resistencia. Granma publicó que Díaz-Canel advirtió que ningún agresor encontrará rendición en Cuba, sino un pueblo decidido a defender su independencia. Propaganda, sí. Pero también gasolina emocional para un país que conoce muy bien la historia de intervención estadounidense. (Granma)
Encima, el grupo de ataque del USS Nimitz está en la región como parte de Southern Seas 2026. El Comando Sur describe esos despliegues como ejercicios para fortalecer alianzas marítimas y operaciones con países socios, pero en este contexto, con acusaciones contra Raúl, amenazas de Trump y sanciones nuevas, el mensaje militar es imposible de ignorar. (U.S. Southern Command)
Si Trump realmente quisiera ayudar al pueblo cubano, empezaría por terminar el bloqueo, esa política anti-humana que lleva décadas castigando más a la gente común que a los jefes del régimen. Pero lo haría negociando reformas de mercado que beneficien a la clase trabajadora, no entregando la isla a inversionistas estadounidenses como si Cuba fuera un condominio frente al mar. Abrir mercados sin soberanía es saqueo. Mantener dictaduras sin reformas es asfixia. Y lanzar amenazas militares es la receta perfecta para que el cubano de a pie cierre filas, no porque ame a Díaz-Canel, sino porque nadie con dignidad acepta que otro país decida su futuro con portaaviones.
Trump cree que está enterrando al castrismo. En realidad, le está regalando oxígeno.
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