Litio, Narco y Mentiras: El Imperio Vuelve por Bolivia

Publicado el 22 de mayo de 2026, 6:06

Bolivia vuelve a estar en la mira del imperio. Y como siempre, el libreto viene con palabras bonitas para esconder intenciones podridas: “orden constitucional”, “lucha contra el narcotráfico”, “estabilidad democrática”. Ajá. La misma película vieja, con actores reciclados y el mismo villano de siempre: Washington metiendo la mano donde nadie lo invitó.

El gobierno de Rodrigo Paz acusa a Evo Morales y a sus seguidores de intentar desestabilizar Bolivia. Estados Unidos, por medio del subsecretario Christopher Landau, ya salió a llamar las protestas un intento de “golpe de Estado”, asegurando que actores políticos y el crimen organizado buscan tumbar al gobierno. Qué conveniente. Cuando el pueblo protesta contra gobiernos alineados con Washington, de pronto ya no es protesta: es crimen organizado. Qué casualidad tan imperial.

Mientras tanto, Paz corre a reconstruir relaciones con Estados Unidos, revive la cooperación antidrogas y abre la puerta otra vez a la DEA, casi dieciocho años después de que Evo Morales la expulsara en 2008 tras denunciar espionaje y operaciones de desestabilización. Y aquí está el punto central: la “guerra contra el narco” no es una guerra contra el narco. Es una máscara. Una herramienta. Un caballo de Troya para meter agencias, militares, consultores, presión diplomática y control político.

En entrevista con Julio Astillero, Evo Morales lo dijo sin rodeos: lo que Estados Unidos hace en México y Bolivia es usar la llamada guerra contra el narcotráfico para disfrazar planes de control, intervención y saqueo. Y luego fue más lejos, directo al corazón del asunto.

Morales denunció que el golpe fue financiado por Estados Unidos, por Donald Trump y por Elon Musk, dueño de Tesla, “por el tema del litio”. También señaló financiamiento desde Inglaterra. Para Evo, no se trató solamente de una operación política, sino de un golpe racial, económico y colonial: “Primero, fue un golpe del imperio contra el indio; del gringo contra el indio. Segundo, fue un golpe contra nuestro modelo económico”. Ahí está la herida abierta: Bolivia demostró que podía existir otro modelo, uno que no obedeciera al neoliberalismo como becerro de oro.

Y eso, para el capitalismo, es pecado mortal.

Morales recordó que su gobierno tenía un plan para 2030: cuarenta y una plantas de litio. No querían que Bolivia siguiera siendo patio trasero, mina barata o reserva estratégica para carros eléctricos de millonarios. Querían industrializar su propio litio. Querían que la riqueza boliviana sirviera primero al pueblo boliviano. Y ahí, según Evo, se acabó la paciencia del imperio.

“Golpe por litio”, dijo Morales, citando al propio dueño de Tesla. Esa frase debería retumbar en toda América Latina. Porque no estamos hablando de democracia. Estamos hablando de litio, gas, minerales, rutas comerciales, obediencia geopolítica y gobiernos que se arrodillen cuando Washington truene los dedos.

Ahora reaparece Erik Prince, el jefe del ejército privado más grande del mundo, pidiendo al gobierno de Donald Trump que impida que Evo Morales consume un supuesto golpe de Estado. Qué hermoso detalle democrático: mercenarios preocupados por la democracia latinoamericana. Ya nomás faltaba que los buitres dieran clases de vegetarianismo.

Morales también denunció una intervención abierta del Comando Sur. Dijo que hace tres semanas llegó el comandante del Comando Sur de Estados Unidos y que los mandos militares bolivianos le rindieron parte. Además, afirmó que miembros del Comando Sur visitaron cuarteles para equiparlos, según información de los propios militares. A eso se suma el regreso operativo de la DEA. ¿Y todavía quieren vendernos esto como simple cooperación?

No. Esto huele a intervención.

Morales lo planteó con claridad: “Hay una abierta intervención del imperio norteamericano”. Y no sólo de Estados Unidos. También denunció la participación de gobiernos de derecha, operadores de comunicación y campañas de desprestigio. Lo tratan de narco, lo tratan de prófugo, lo intentan destruir públicamente antes de tocarlo judicialmente. Primero viene la etiqueta. Luego la persecución. Luego el aplauso de los medios domesticados.

La Doctrina Monroe nunca murió. Se puso saco, aprendió a decir “seguridad regional” y ahora se presenta como cooperación antidrogas. La Doctrina Trump no es más que la Doctrina Monroe con esteroides, racismo y hambre corporativa. Es el mismo colonialismo de siempre, pero actualizado para el siglo veintiuno: ya no vienen con carabelas, vienen con sanciones, agencias, ONGs, embajadas, consultores, militares y contratos de litio.

El problema de Bolivia no es Evo Morales. El problema, para Washington, es que Bolivia se atrevió a decir que sus recursos no estaban en venta al precio que dicta el imperio. El problema es que un indígena llegó al poder, nacionalizó, repartió, industrializó y demostró que había vida más allá del neoliberalismo. Eso no se lo perdonan.

Y cuando un pueblo se levanta para defender su soberanía, el imperio grita “golpe”. Cuando una potencia extranjera mete agencias, militares, dinero, propaganda y presión política, le llaman “defensa del orden constitucional”.

Qué descaro. Qué cinismo. Qué manual tan gastado.

Bolivia no necesita tutores coloniales. América Latina no necesita que Washington le explique democracia mientras financia desestabilización, protege intereses corporativos y bendice gobiernos obedientes. La soberanía no se negocia. El litio no debe ser botín. Y la dignidad de los pueblos indígenas no está en subasta.

Evo Morales lo dijo contundente: esto es una abierta intervención. Y cuando el imperio vuelve a caminar con botas sobre la soberanía latinoamericana, América Latina tiene que reconocer la amenaza antes de que sea demasiado tarde.

#ElChupacast

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