América Latina se ha convertido en un nido de víboras. Y no de esas víboras elegantes de documental, no: víboras pozoñosas, de banqueta caliente, capaces de vender la patria por unas monedas, una entrevista en Miami o una palmada del amo gringo. Porque en este continente nunca falta el personaje que se envuelve en la bandera nacional mientras trae la factura en dólares escondida bajo el saco.
En México tenemos ejemplos de sobra. Lily Téllez y Eduardo Verástegui han coqueteado públicamente con la idea de pedir ayuda extranjera contra un gobierno electo. Traducido del idioma vendepatrias al español normal: quieren que Washington haga lo que no pueden ganar en las urnas. La democracia les encanta, siempre y cuando pierda el pueblo y gane la embajada.
Luego está María Amparo Casar, presentada durante años como sacerdotisa anticorrupción, ahora obligada a explicar por qué su organización recibió recursos de Estados Unidos y Europa mientras intervenía activamente en la discusión política mexicana. Casar defiende ese financiamiento como apoyo legítimo a investigaciones, pero el debate es obvio: cuando una organización nacional vive de dinero extranjero y actúa contra gobiernos específicos, la línea entre sociedad civil e instrumento político se vuelve más delgada que la vergüenza de un conservador pidiendo invasión. Además, enfrenta un caso judicial relacionado con una pensión de Pemex que, según el expediente mencionado en el material base, habría costado millones al erario. Vaya combo: moralina anticorrupción por fuera, olor a caja registradora por dentro.
Y al sur, Guatemala aparece en medio de otro capítulo del manual imperial. Reportes periodísticos señalaron negociaciones con Estados Unidos para cooperación militar contra el narcotráfico; el gobierno de Bernardo Arévalo negó haber aceptado operaciones militares extranjeras en su territorio y dijo que cualquier acción de ese tipo requeriría aprobación constitucional. Reuters y AP reportaron esa aclaración: Guatemala pidió cooperación, equipo, entrenamiento y apoyo técnico, pero negó haber autorizado ataques militares estadounidenses dentro del país. Aun así, el solo debate muestra el problema: Washington sigue intentando normalizar su presencia armada en América Latina con el viejo pretexto de siempre, la guerra contra las drogas, ese espectáculo sangriento que nunca toca a los banqueros, a los lavadores de dinero ni a los consumidores ricos del norte. (Reuters)
Frente a esa oleada de entreguismo, Claudia Sheinbaum marcó una línea que muchos gobiernos latinoamericanos deberían tatuarse en la frente, para ver si así se les pega algo de dignidad. En el Monumento a la Revolución, la Presidenta lanzó una defensa directa de la soberanía nacional, en un contexto de tensiones con Estados Unidos y acusaciones sobre campañas de presión mediática y política. La Jornada reportó que Sheinbaum llamó a rechazar la injerencia y convocó a defender la soberanía con asambleas públicas. (Jornada)
Y la cita completa importa, porque no es adorno patriótico, es el corazón del asunto:
“¿Quién decide en México, las agencias extranjeras o el pueblo?”, preguntó al final de su discurso la Presidenta Sheinbaum en el Monumento a la Revolución, lo cual desencadenó un sonoro “el pueblo”. Instantes después cuestionó: “¿Quién decide en México, los grandes intereses económicos o el pueblo?”. La respuesta fue la misma. Ahí, desde el templete, la Presidenta convocó a los asistentes a participar en jornadas informativas en todas las plazas públicas para difundir el mensaje de que “la Patria no se vende”.
Ese es el punto. No se trata de defender a un partido como si fuera equipo de fútbol. Se trata de algo más básico: ningún país digno permite que agencias extranjeras, millonarios resentidos, supuestos activistas de cuello blanco o aspirantes a virrey decidan su rumbo. México tiene problemas, claro. Corrupción, violencia, impunidad, desigualdad. Nadie necesita que venga un halcón de Washington a descubrirnos el agua tibia con dron incluido.
Pero una cosa es exigir justicia desde el pueblo y otra muy distinta es abrirle la puerta al imperio para que “arregle” la casa. América Latina ya conoce ese cuento. Siempre empieza con “cooperación” y termina con muertos, bases militares, gobiernos títeres y soberanía empeñada.
Por eso el mensaje debe ser claro: la patria no se terceriza, no se subcontrata y no se vende al mejor postor. Vendepatrias S.A. puede tener oficinas, voceros, financiamiento y micrófonos. Pero mientras haya pueblo con memoria, también habrá quien les recuerde que México no es piñata de nadie.
Fuentes:
https://www.instagram.com/reels/DZA2G0cAdqc/
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