Los demócratas progresistas están hasta la madre de una dirigencia que lleva décadas convirtiendo al partido en una versión apenas más amable del mismo sistema económico que dicen combatir. Estamos cansados de los Bill Clinton, James Carville y Rahm Emanuel que hablan de la clase trabajadora mientras cortejan a Wall Street, las farmacéuticas y los grandes donantes que esperan favores a cambio de sus cheques.
Michigan acaba de enviarles un mensaje.
El doctor Abdul El-Sayed ganó la candidatura demócrata al Senado de Estados Unidos, derrotando por un margen estrecho a la congresista moderada Haley Stevens, la favorita del establecimiento. Su triunfo no fue solamente una sorpresa electoral, sino una advertencia de que el dinero corporativo ya no garantiza obediencia entre los votantes demócratas.
Stevens recibió alrededor de treinta y dos millones de dólares en respaldo de AIPAC, el poderoso grupo de presión proisraelí, mientras El-Sayed construyó una campaña basada en voluntarios, recorridos comunitarios y un mensaje económico populista: reducir el costo de vida, ampliar el acceso a servicios médicos, cobrar más impuestos a los multimillonarios, enfrentar el poder corporativo y dejar de financiar guerras extranjeras sin condiciones.
El-Sayed también se ha pronunciado a favor de los derechos palestinos y en contra del envío incondicional de armas a Israel. Por eso su victoria representa una derrota política para AIPAC, aunque el grupo parece decidido a continuar la batalla. Según reportes, sus dirigentes consideran gastar decenas de millones de dólares para apoyar al republicano Mike Rogers en noviembre.
Piénsenlo bien: una organización que presume apoyar a candidatos demócratas podría terminar financiando a un republicano aliado de Donald Trump con tal de impedir el triunfo de un demócrata que cuestiona al gobierno israelí.
Eso no es lealtad partidista. Es una demostración de quién pretende mandar.
Donald Trump ya reaccionó con la elegancia intelectual de un borracho peleando afuera de una cantina. Durante un discurso en Las Vegas, dijo que El-Sayed estaba “full of shit”, lo acusó falsamente de odiar a los judíos y exageró deliberadamente la pronunciación de su nombre.
El-Sayed respondió con humor y disciplina. Primero dijo que le alegraba que Trump lo hubiera llamado “un caballero encantador”, y después señaló que el presidente ni siquiera podía mantenerse concentrado en el tema de su propio discurso mientras millones de estadounidenses enfrentan una crisis generacional del costo de vida.
Eso es lo que verdaderamente irrita a Trump: El-Sayed no reaccionó con miedo ni permitió que lo arrastraran hacia una discusión basada solamente en insultos, religión o identidad. Volvió la conversación hacia la economía y presentó a Trump como un viejo gritón más interesado en fabricar enemigos que en resolver problemas.
Sin embargo, esta victoria también plantea una prueba difícil para los progresistas. El-Sayed tuvo buenos resultados en zonas universitarias y comunidades progresistas, pero Haley Stevens ganó varios condados obreros vinculados a la industria automotriz. Para vencer en noviembre, tendrá que conectar también con trabajadores sin título universitario, sindicatos, familias rurales y votantes afroamericanos de Detroit.
Después de su triunfo, Chuck Schumer, Kirsten Gillibrand, Kamala Harris y otros líderes que habían apoyado al sector moderado se apresuraron a felicitarlo y prometer unidad. Primero gastan millones tratando de derrotarte y, cuando sobrevives, descubren que siempre admiraron tu energía. La política estadounidense produce milagros que ni la Virgen de Guadalupe se atrevería a reclamar.
La victoria de El-Sayed, junto con el ascenso de figuras como Zohran Mamdani, demuestra que una parte importante de la base demócrata ya no quiere candidatos fabricados por consultores ni discursos diseñados para no incomodar a nadie. Quiere una alternativa económica que confronte a los multimillonarios, defienda servicios médicos universales, fortalezca a los sindicatos, reduzca el costo de la vivienda y deje de tratar la política exterior como un negocio para fabricantes de armas.
Abdul El-Sayed todavía no ha cambiado al Partido Demócrata, pero acaba de demostrar que sus dueños pueden ser derrotados.
Y por eso Trump, AIPAC y el viejo establecimiento están tan nerviosos.
Porque cuando millones de dólares ya no pueden comprar una elección, el pueblo comienza a recordar que también tiene poder.
#ElChupacast
FUENTES:
https://apnews.com/article/60c79349b60ffbf24a34d60b76e130ed
https://www.huffpost.com/entry/centrist-democrats-primary-woes_n_6a7352a2e4b02974827c203c
https://www.nytimes.com/2026/08/06/us/politics/democratic-party-socialists-moderates.html
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