PROVIDA CON JERINGA: EL ESTADO QUIERE MATAR Y NI ESO SABE HACER

Publicado el 1 de octubre de 2026, 6:01

Christa Gail Pike sigue viva después de que Tennessee intentó ejecutarla ayer, 30 de septiembre, administrándole dos dosis de pentobarbital. Según sus abogados, continuaba respirando y roncando antes de ser trasladada en ambulancia a un hospital. Esta mañana, los reportes disponibles no precisaban su condición médica. El gobernador Bill Lee ordenó una revisión externa y suspendió la ejecución restante programada para 2026.

Pike tiene 50 años y fue condenada por el asesinato de Colleen Slemmer, de 19, cometido en 1995, cuando ella tenía 18. La brutalidad del crimen merece condena y la familia merece respeto. Pero reconocer ese dolor no obliga a aceptar que el gobierno convierta una cámara de ejecución en un laboratorio de sufrimiento.

Antes del procedimiento, una corte federal suspendió temporalmente la ejecución para examinar cuestiones relacionadas con los abusos sexuales que Pike denunció haber sufrido durante su infancia. La Suprema Corte levantó esa suspensión. Horas después, Tennessee terminó intentando salvar la vida que acababa de intentar quitarle. Difícil encontrar una imagen más demoledora de esta contradicción institucional.

En Idaho conocemos otra versión del mismo fracaso. El 28 de febrero de 2024, Thomas Eugene Creech permaneció casi una hora sujeto a una camilla mientras el equipo encargado de ejecutarlo intentaba establecer una vía intravenosa. Hubo ocho intentos y finalmente suspendieron el procedimiento. Fue una ejecución fallida, aunque no alcanzaron a administrarle el fármaco letal. El fracaso comenzó antes, entre agujas y una búsqueda infructuosa de acceso venoso.

No estamos hablando de inocentes canonizados por una columna. Estamos hablando del poder del Estado y de los límites que una sociedad debe imponerle, incluso frente a personas responsables de crímenes atroces. Si la dignidad humana depende de que el acusado nos caiga bien, entonces no es un principio: es una preferencia.

Los defensores de la pena capital suelen invocar la disuasión como si fuera una verdad revelada. Sin embargo, el Consejo Nacional de Investigación concluyó en 2012 que los estudios disponibles no permitían determinar si las ejecuciones aumentaban, reducían o no modificaban los homicidios. Eso no prueba que jamás tengan efecto; sí impide vender como certeza científica que matar presos protege mejor que otras penas.

Como cristiano, sostengo que la vida es sagrada y que solamente Dios tiene autoridad última sobre ella. Por eso me resulta grotesco escuchar a quienes defienden al no nacido mientras aplauden una jeringa destinada a matar a alguien completamente indefenso. Su reverencia por la vida parece terminar exactamente donde comienza su apetito de castigo.

La Iglesia católica declara “inadmisible” la pena de muerte porque atenta contra la inviolabilidad y la dignidad de la persona. Su enseñanza también reconoce que esa dignidad permanece después de delitos gravísimos. El mandamiento no incluye una nota al pie que diga: salvo cuando el gobernador necesite demostrar mano dura.

Y sí, cuando pienso en políticos mexicanos y estadounidenses que saquean, abusan del poder y traicionan la confianza pública, me hierve la sangre. A esos les deseo una ejecución política: juicio independiente, cárcel cuando corresponda, devolución de lo robado e inhabilitación. Que la ciudadanía los expulse del poder. Ni un tribunal ni una mayoría convierten la venganza en un principio cristiano.

Las familias de las víctimas merecen acompañamiento duradero, atención psicológica y respuestas judiciales serias. Reducir sus necesidades a presenciar otra muerte permite que los funcionarios anuncien justicia mientras el dolor sigue viviendo en casa.

Exijo al Congreso, al presidente y a los gobernadores actuar, dentro de sus respectivas atribuciones, para detener permanentemente las ejecuciones y avanzar hacia la abolición. Necesitamos invertir en salud mental, prevención, investigación criminal, atención a víctimas y verdadera corrección. La ultraderecha puede seguir confundiendo crueldad con fortaleza; nosotros debemos exigir resultados. Un Estado que fracasa al matar no necesita perfeccionar su verdugo: necesita abandonar esa barbarie.

FUENTES:

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios