Ya pasó un año desde aquella tarde en que una salida familiar a las carreras terminó entre armas, gritos y familias separadas en La Catedral Arena, en Wilder, Idaho. El 19 de octubre de 2025, alrededor de 200 agentes participaron en un operativo que dejó unas 400 personas detenidas en el lugar y 105 arrestos migratorios. Para las familias que siguen separadas y los niños que todavía procesan lo que presenciaron, el aniversario marca doce meses de consecuencias que ninguna declaración oficial ha podido borrar.
Este domingo, una marcha en Boise llevó esa memoria hasta el Capitolio de Idaho, junto con una exigencia de respuestas y rendición de cuentas. Más de 700 personas han firmado una petición dirigida al gobernador Brad Little para pedir transparencia. Mientras las autoridades defienden la legalidad del operativo y tres familias mantienen una demanda por violaciones a sus derechos civiles, sigue pendiente una explicación convincente de por qué una investigación por apuestas terminó con cientos de espectadores detenidos, incluidos ciudadanos estadounidenses y menores.
A un año de distancia, la Unión Americana de Libertades Civiles, la ACLU, presenta “Wilder Raids”, un documental que pone rostro y voz a quienes siguen viviendo las consecuencias de aquella tarde. Sus testimonios nos obligan a mirar más allá de las cifras y escuchar lo que significa perder la tranquilidad, la convivencia familiar y la confianza en quienes dicen proteger a la comunidad. Aquí, en #ElChupacast, presentamos estas voces porque el calendario ya dio una vuelta completa, pero la obligación de responder por lo ocurrido sigue intacta.
Trump Admin's Attack on Rural America: The Wilder Raid | ACLU - YouTube
"Fuimos mi papá, mi hermanita y yo los que decidimos ir.
Recuerdo los puestos de comida, los niños corriendo, jugando con globos, burbujas… de todo.
Vi un helicóptero dando vueltas alrededor de La Catedral, pero pensé: “Ah, es uno de esos que pasan normalmente para hacer sus entrenamientos”. O eso era lo que yo tenía en la cabeza.
“Me da un poco de miedo”.
Y fue entonces cuando vi que llegaban todos.
Un carro se nos puso enfrente y me vieron con mi comida. Me hicieron tirarla al suelo, levantar las manos, darme la vuelta y caminar hacia ellos de espaldas. Y entonces me tiraron al suelo.
[No se entiende], con las armas apuntándome a la cabeza, y yo estaba ahí, amarrado.
Cuando disparaban, se oía así: “Psh, psh”. Por eso pensé: “Esto parece un acto de guerra o algo así”.
Me empecé a desesperar porque pensé: “Dios mío, nos van a disparar”.
Muchos de los agentes que estuvieron ahí ese día no llevaban insignias visibles que los identificaran, así que no se podía distinguir claramente quiénes eran por lo que traían puesto.
Muchos llevaban el rostro cubierto, lo que también ocultaba su identidad. Por eso, la gente no podía entender fácilmente quiénes eran los que la estaban atacando.
Sí recuerdo que alguien me preguntó: “¿Es… es ICE?”.
Y yo le dije: “No creo”.
Recuerdo que anunciaron: “Venimos por cuatro personas”.
En la redada de Wilder sí tenían una orden de cateo y órdenes de arresto contra cinco personas por acusaciones no violentas relacionadas con apuestas sin licencia en las carreras de caballos.
Usaron eso para irrumpir al estilo militar, con rifles en posición de disparo y granadas aturdidoras, entre cientos de familiares que no tenían nada que ver, detenerlos durante horas y obligarlos a someterse a interrogatorios migratorios.
Así no se ejecuta una orden de cateo en una investigación penal. Así se lleva a cabo una redada migratoria extremadamente violenta.
Ese día incluso colocaron francotiradores en un evento pacífico. Así que su intención era muy clara: atemorizar a la comunidad, detener a la comunidad, arrestar a la comunidad.
De hecho, entre nuestros demandantes hay una niña de apenas 10 años a la que agarraron del cuello cuando intentaba reunirse con su papá.
Cuando empezaron a esposarme, les dije que era menor de edad. Me dijeron que no les importaba.
Ni siquiera podía ir al baño, tomar agua ni nada por las esposas de plástico.
Sentía muchísimo miedo.
Me dijeron: “Todos tienen que ponerse las esposas de plástico”.
Y yo les dije: “¿Por qué? Traigo a mi hijo. Tengo que cuidarlo”.
Tenía miedo. Sentía que, si reaccionaba de más, me iban a lastimar.
Y eso siguió durante horas. Mi hijo pasó muchísimo tiempo rogándome que le diera comida. Me rogaba que le diera agua.
Me sentía mal. Ojalá hubiera podido hacer más en ese momento, pero no pude. Creo que eso es lo que todavía me duele hasta el día de hoy.
Hubo muchas cosas que hicieron los agentes, muchas formas de comportarse durante este encuentro, que mostraron prejuicios raciales.
Le negaron agua al hijo de Juan, de tres años, mientras él les pedía “agua” a gritos. Sin embargo, a una familia blanca que estaba cerca sí le dieron agua.
Así que los agentes no trataron a todos por igual. Trataron a las personas de manera distinta, en parte por lo que parecía ser su color de piel.
Siento que no puedo salir y estar a salvo con mis hijos por lo que pasó.
Hasta el día de hoy tengo pesadillas en las que los agentes de inmigración me quitan a mis hijos.
¿Por qué? Yo soy de aquí. Mis hijos son de aquí. ¿Por qué tengo que sentir ese miedo? No debería.
En la redada de Wilder, el 70% o más de las personas que permanecieron detenidas, esposadas y a punta de pistola durante horas tenían presencia legal en Estados Unidos: eran ciudadanos o residentes permanentes legales.
Había niños, abuelos y personas que no tenían nada que ver con el motivo de la orden de cateo, y aun así las trataron como si fueran lo peor de lo peor.
Eso va en contra de los valores de Estados Unidos.
Presentamos una demanda colectiva para impugnar la redada de Wilder, y sostenemos que aquí se violaron dos derechos fundamentales.
Uno es nuestro derecho a estar libres de registros y detenciones injustificados. Eso lo garantiza la Cuarta Enmienda, que nos protege de ser detenidos de una manera excesivamente dañina, como les ocurrió a estas personas.
El segundo es la igualdad de protección ante la ley: nuestro derecho a no sufrir discriminación por nuestro color de piel, nuestra raza o nuestro origen étnico.
Lo que alegamos aquí es que los agentes los eligieron como blanco por ser latinos y los maltrataron por ser latinos.
Debemos tener muchísimo cuidado cuando usamos fuerza excesiva contra nuestra propia gente en este país. Porque, aunque en esta ocasión fueron contra integrantes de la comunidad de piel morena, sabemos lo que nos enseña la historia: después van contra otros sectores de la comunidad también.
Creo que hubo un momento en que muchas personas de este país sintieron una profunda desesperación al ver a las fuerzas del orden arrasar con Minneapolis: sentían que los agentes podían llegar a las comunidades, cometer actos atroces de violencia y que no había nada que pudiéramos hacer al respecto.
Por eso, demostrar en Wilder, Idaho, que podemos alzar la voz y exigirles que rindan cuentas ante los tribunales envía un mensaje a todo el país: si lo están haciendo en otros lugares, también ahí pueden enfrentar responsabilidad legal."
Las voces de protagonistas que experimentaron la crueldad del gobierno en Wilder.
Foto: ACLU de Idaho, 18 de octubre, 2026
Añadir comentario
Comentarios