El domingo, la democracia volvió a sonreír en Brasil: Lula derrotó al ultraderechista Flávio Bolsonaro y conquistó un cuarto mandato. Hoy, los israelíes tienen la oportunidad de mandar a Benjamin Netanyahu de regreso a la vida civil, y el próximo martes, en Estados Unidos, los votantes podrán quitarles a los republicanos el control del Congreso. Tres elecciones, tres oportunidades para recordarles a los hombres que se sienten indispensables que el poder tiene dueño: la ciudadanía.
Las proyecciones favorecen a los demócratas, aunque ninguna encuesta sustituye una boleta. Recuperar la Cámara de Representantes permitiría investigar al gobierno de Trump y, si existen votos suficientes, impulsar un tercer juicio político. Destituirlo requeriría dos tercios del Senado, una barrera mucho mayor. Pero ponerle contrapesos ya sería una bocanada de aire para una democracia que lleva demasiado tiempo respirando los humos de su vanidad.
La elección israelí merece especial atención. Netanyahu encabeza un gobierno bajo el cual se ha cometido el genocidio en Gaza, donde el Ministerio de Salud reportó 74,559 palestinos muertos desde el 7 de octubre de 2023 hasta el 26 de octubre de este año. La cifra incluye civiles y combatientes; no representa un cálculo completo de las muertes indirectas provocadas por la devastación. Detrás de ese número hay familias, historias y generaciones enteras destrozadas.
Y sostengo la palabra genocidio. Una comisión investigadora de Naciones Unidas también ha concluido que Israel cometió actos genocidas, incluso después del alto al fuego. Esa conclusión es seria. Pero tampoco corresponde borrar una acusación tan grave para que Netanyahu y sus defensores puedan desayunar tranquilos.
Además, Bibi carga con tres procesos por corrupción reunidos en un juicio que comenzó en 2020. En el Caso 1000, la fiscalía lo acusa de recibir regalos costosos mientras favorecía intereses de un benefactor. En el Caso 2000, de negociar cobertura periodística favorable a cambio de perjudicar a un diario competidor. En el Caso 4000, de favorecer regulatoriamente a una empresa de telecomunicaciones a cambio de cobertura positiva.
Los cargos incluyen fraude, abuso de confianza y, en el último expediente, soborno. Netanyahu niega las acusaciones y no ha sido condenado. Hay que decirlo claramente, porque exigir cuentas también exige rigor. Aunque resulta bastante obsceno escuchar sermones sobre integridad de un gobernante que lleva años sentado en el banquillo.
Su amigo Donald Trump sí fue declarado culpable de 34 delitos graves por falsificar registros comerciales. Vaya pareja para presentarse como guardianes de la civilización: uno enfrenta acusaciones de intercambiar favores públicos por buena prensa; el otro tiene una condena por fabricar una contabilidad conveniente.
Mi crítica tiene nombres, decisiones y responsabilidades. El pueblo judío no tiene por qué cargar con Netanyahu, y los israelíes que marchan contra él merecen solidaridad. Tampoco los palestinos deben responder colectivamente por Hamás. Ningún gobierno, religión o bandera concede permiso para deshumanizar a otro pueblo.
Quiero creer que suficientes israelíes están hartos de Bibi y votarán para sacarlo. Su salida dependerá también de las coaliciones que se formen después. Y ningún relevo garantiza automáticamente la paz: habrá que exigir cambios reales hacia los palestinos.
Pero imaginemos un momento a Netanyahu fuera del gobierno y a Trump con un Congreso dispuesto a frenarlo. Menos impunidad, más vigilancia y menos espacio para gobernar mediante amenazas. Crucemos los dedos, sí, pero sobre todo defendamos las urnas: estos señores difícilmente van a ponerse límites por iniciativa propia.
Fuentes:
- Reuters: victoria de Lula y cuarto mandato. reuters.com
- AP: elección israelí.
- Decision Desk HQ: proyecciones del Congreso. DDHQ
- SANA: balance de muertos al 26 de octubre. sana.sy
- Reuters: conclusiones de la comisión de Naciones Unidas. www.reuters.com
- Anadolu: los tres casos contra Netanyahu. www.aa.com.tr
- Reuters: condena de Trump y su intento de revertirla.
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