2026: 280 MATANZAS Y TODAVÍA FINGIMOS QUE NO HAY UNA CRISIS

Publicado el 3 de agosto de 2026, 6:22

Hasta este 3 de agosto de 2026, Estados Unidos ha registrado 280 tiroteos masivos, según el Gun Violence Archive.

Esa organización define un tiroteo masivo como un incidente en el que cuatro o más personas resultan heridas o muertas por disparos, sin contar al atacante.

Hoy apenas es el día 214 del año.

Eso significa que en Estados Unidos estamos sufriendo, en promedio, más de un tiroteo masivo cada día.

Más de uno diario.

Deténgase un momento a pensar en eso.

No estamos hablando de una zona de guerra. No estamos hablando de un país colapsado ni de una nación invadida. Estamos hablando de la supuesta potencia más desarrollada del planeta, donde ir a una escuela, a una iglesia, a un supermercado, a un concierto o a comprar una hamburguesa puede terminar convertido en una sentencia de muerte.

Este fin de semana, esa realidad llegó hasta nuestra propia casa.

El sábado, Chad Williams, de 24 años, abrió fuego en el recién inaugurado restaurante In-N-Out de Twin Falls, un negocio que apenas llevaba una semana abierto.

Cuatro personas murieron, incluyendo al atacante. Entre las víctimas se encontraba una empleada del restaurante que simplemente había ido a trabajar. Otras siete personas resultaron heridas, algunas de gravedad.

Todavía no conocemos todos los detalles sobre Williams. No sabemos con certeza qué pasaba por su mente ni qué lo llevó a cometer semejante barbaridad.

Y precisamente por eso no voy a diagnosticarlo desde un micrófono.

Pero sí puedo afirmar algo sin titubear: una persona dispuesta a disparar indiscriminadamente contra trabajadores, clientes y familias nunca debió haber tenido acceso a un arma.

Eso no es normal.

No debe convertirse en normal.

No podemos aceptar que cada matanza sea seguida por la misma rutina nacional: sirenas, conferencias de prensa, fotografías de las víctimas, vigilias con veladoras, discursos políticos, oraciones, promesas vacías y, pocos días después, silencio.

Hasta que ocurre la siguiente.

También debemos reconocer la valentía de dos hombres que, según las autoridades, posiblemente evitaron una tragedia todavía mayor: Jordan Salinas, residente de Kimberly, y un agente de la Policía Estatal de Idaho que se encontraba fuera de servicio.

Salinas, de 35 años, llegó al restaurante con su novia alrededor de las 2:30 de la tarde. Al escuchar disparos y ver a decenas de personas huyendo, sacó su pistola y corrió hacia el peligro.

Según su relato, observó al atacante disparando un rifle contra vehículos y decidió responder al fuego.

Al mismo tiempo, el agente fuera de servicio, quien se encontraba dentro del restaurante como cliente, también enfrentó al agresor.

El sheriff del condado de Twin Falls, Jack Johnson, afirmó que la intervención de ambos obligó al atacante a retirarse hacia el estacionamiento del centro de visitantes, probablemente evitando que siguiera disparando contra más personas.

Sus acciones fueron valientes, desinteresadas y extraordinarias.

Pero también debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿queremos vivir en una sociedad donde la única defensa ante un hombre armado sea esperar que otro ciudadano armado aparezca en el momento exacto?

¿Hasta cuándo vamos a depender de la suerte?

¿Hasta cuándo vamos a aceptar que la seguridad pública se resuma en ver quién desenfunda primero?

Respeto el derecho de las personas responsables a poseer ciertas armas, particularmente escopetas y rifles utilizados para la cacería o actividades deportivas.

Pero también tenemos derecho a discutir seriamente qué tipo de armas circulan en nuestras comunidades, quién puede comprarlas, cómo se almacenan y por qué seguimos permitiendo que tantas pistolas sean cargadas de manera oculta en espacios públicos.

Tengo un hijo neurodivergente.

Lo amo profundamente, pero precisamente porque lo conozco y porque soy responsable de su seguridad, no quiero armas dentro de mi casa ni quiero que tenga acceso a ellas.

No poseo ninguna y no pienso comprar una, ni siquiera después de lo ocurrido en Twin Falls.

No quiero vivir convencido de que debo estar preparado para matar a otro ser humano mientras compro comida, voy al cine o llevo a mi familia a cenar.

He caminado por algunas de las calles consideradas más peligrosas de América Latina: las villas de Rosario, en Argentina; Tepito y La Merced, en la Ciudad de México; y hasta los límites de la Zona Norte de Tijuana.

En esos lugares estaba consciente de que podían asaltarme. Sabía que debía cuidar mi cartera, mi teléfono y mis alrededores.

Pero nunca sentí que alguien pudiera aparecer de la nada y acribillarme a sangre fría simplemente porque estaba en el lugar equivocado.

Así me siento ahora en Twin Falls.

En México, aunque la violencia es brutal e inaceptable, gran parte de los homicidios está relacionada con el crimen organizado, disputas territoriales o ajustes de cuentas.

Aquí, cualquier persona puede convertirse en blanco.

Una madre.

Un niño.

Un cliente.

Un taxista cargando su vehículo.

Una empleada de restaurante que apenas comenzaba su turno.

La violencia armada en Estados Unidos se ha normalizado tanto que ya discutimos las matanzas como si fueran tormentas: cuántos muertos, cuántos heridos, dónde ocurrió y cuándo llegará la próxima.

También necesitamos mejores servicios de salud mental. Necesitamos atención accesible, rápida y digna para las personas que enfrentan crisis emocionales, trastornos graves o pensamientos violentos.

Pero no debemos utilizar la salud mental como una excusa automática para evitar hablar de las armas.

Millones de personas enfrentan problemas de salud mental y jamás atacan a nadie.

El problema es que, en este país, una persona en crisis puede conseguir un arma antes que una cita con un terapeuta.

Oro por las víctimas, por sus familias, por los heridos y por una comunidad que jamás volverá a mirar ese restaurante de la misma manera.

Pero las oraciones no detienen balas.

La fe sin acción sólo sirve para lavarse las manos.

Necesitamos valor político, mejores verificaciones de antecedentes, almacenamiento seguro, atención de salud mental y leyes que mantengan las armas lejos de personas peligrosas.

Después de 280 tiroteos masivos en 214 días, ya no podemos llamarlos incidentes aislados.

Esto es una crisis nacional.

Y si después de una carnicería en un restaurante familiar seguimos sin cambiar nada, la verdad es brutal:

No es que no sepamos cómo reducir la violencia.

Es que hemos decidido tolerarla.

Les habla El Chupacabras.

#ElChupacast

Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios