Otra vez la misma historia: la “Doctrina Donroe” y la soberanía de América Latina
Aquí vamos de nuevo. Colonialismo, imperialismo e injerencia al sur de la frontera. Tristemente - la misma historia de siempre. Según una nota de The New York Times, el Pentágono está enviando alrededor de 600 soldados de la Décima División de Montaña a América Latina. Pasarán primero por Panamá y después por Colombia y Honduras para participar en entrenamientos, proteger helicópteros estadounidenses y quedar disponibles para apoyar a equipos de operaciones especiales en incursiones contra presuntos narcotraficantes. Cabe mencionar que Colombia y Honduras acaban de realizar elecciones en donde sus mandatarios actuales ganaron gracias al apoyo de Donald Trump.
Washington lo presenta como una campaña antidrogas. Pero ampliar la presencia militar estadounidense exige algo más que aceptar sus justificaciones: exige recordar qué ha significado esa presencia para nuestros pueblos. La llamada “Doctrina Donroe” revive una vieja pretensión imperial: tratar a América Latina como territorio donde Washington puede imponer sus prioridades por encima de la soberanía y la autodeterminación.
La responsabilidad histórica atraviesa a los dos grandes partidos estadounidenses. El 17 de febrero de 1980, el arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero escribió al presidente demócrata Jimmy Carter para pedirle que frenara la ayuda militar a la junta de El Salvador. Su advertencia era clara: esa ayuda podía profundizar la injusticia y la represión. Los propios archivos estadounidenses documentan la decisión de reanudar asistencia militar en enero de 1981, al final del gobierno de Carter.
En diciembre de 1981, ya bajo Ronald Reagan, las fuerzas armadas salvadoreñas perpetraron las masacres de El Mozote y lugares aledaños. No podemos afirmar que atender la petición de Romero habría evitado esos crímenes; sí podemos reconocer que había advertido del peligro de fortalecer a un aparato represivo.
No basta con cambiar el partido que ocupa la Casa Blanca. Hay que cambiar una política que pone las armas y los intereses de las élites por encima de la vida y la decisión de los pueblos.
Quienes puedan votar en Estados Unidos, voten este noviembre y exijan a sus representantes que retiren el financiamiento a las operaciones militares estadounidenses en América Latina. Necesitamos un continente libre, con pueblos capaces de decidir su propio futuro.
A continuación, reproducimos la versión en español de la carta de Romero:
Carta de Óscar Arnulfo Romero a Jimmy Carter
17 de febrero de 1980
Señor Presidente:
En estos últimos días ha aparecido en la prensa nacional una noticia que me preocupa profundamente. Según ella, su gobierno está estudiando la posibilidad de apoyar y ayudar económica y militarmente a la Junta de Gobierno de El Salvador.
Por ser usted cristiano y por haber manifestado que desea defender los derechos humanos, me atrevo a exponerle mi punto de vista pastoral sobre esta noticia y a hacerle una petición concreta.
Me preocupa profundamente que el gobierno de Estados Unidos esté estudiando la manera de favorecer el camino militarista de El Salvador mediante el envío de equipo militar y asesores para «adiestrar a tres batallones salvadoreños en logística, comunicaciones e inteligencia». En caso de ser cierta esta información periodística, la contribución de su gobierno, en lugar de favorecer una mayor justicia y paz en El Salvador, agudizará la injusticia y la represión contra las organizaciones del pueblo, que han venido luchando por el respeto de sus derechos más fundamentales.
La actual Junta de Gobierno y, sobre todo, las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad, lamentablemente no han demostrado su capacidad para resolver los graves problemas nacionales mediante la práctica política y medidas estructurales. En general, solo han recurrido a la violencia represiva, produciendo una cantidad de muertos y heridos superior a la de los recientes regímenes militares, cuya violación sistemática de los derechos humanos fue condenada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.
La forma brutal en que los cuerpos de seguridad recientemente desalojaron y asesinaron a los ocupantes de la sede del Partido Demócrata Cristiano, a pesar de que la Junta y el gobierno, al parecer, no autorizaron esa operación, demuestra que la Junta y los demócratas cristianos no gobiernan el país, sino que el poder político está en manos de militares sin escrúpulos, que solo saben reprimir al pueblo y favorecer los intereses de la oligarquía salvadoreña.
Si es cierto que en noviembre pasado «un grupo de seis estadounidenses estuvo en El Salvador suministrando máscaras antigás y chalecos antibalas por un valor de doscientos mil dólares e instruyendo sobre su uso contra los manifestantes», usted mismo debe saber que, evidentemente, desde entonces los cuerpos de seguridad, actuando con mayor protección personal y eficacia, han reprimido al pueblo con mayor violencia, utilizando armas mortales.
Por ello, dado que, como salvadoreño y como arzobispo de la Arquidiócesis de San Salvador, tengo la obligación de velar por que la fe y la justicia reinen en mi país, le pido que, si verdaderamente quiere defender los derechos humanos:
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Prohíba esta ayuda militar al gobierno salvadoreño.
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Garantice que su gobierno no intervenga directa ni indirectamente mediante presiones militares, económicas y diplomáticas.
En estos momentos vivimos una grave crisis económica y política en nuestro país, pero es indudable que el pueblo ha ido tomando cada vez mayor conciencia, fortaleciendo su organización y adquiriendo la capacidad de convertirse en la fuerza responsable del futuro de El Salvador y en la única capaz de superar esta crisis.
Sería injusto y deplorable que, por la intervención de potencias extranjeras, se frustrara al pueblo salvadoreño, se le reprimiera y se le impidiera decidir con autonomía el rumbo económico y político que debe seguir nuestro país.
Esto supondría violar un derecho que los obispos latinoamericanos reunidos en Puebla reconocimos públicamente al afirmar: «La legítima autodeterminación de nuestros pueblos, que les permita organizarse según su propio genio y la marcha de su historia y cooperar en un nuevo orden internacional…» (Documento de Puebla, 505).
Espero que sus convicciones religiosas y su sensibilidad en favor de la defensa de los derechos humanos lo impulsen a aceptar mi petición, evitando con ello un mayor derramamiento de sangre en mi sufrido país.
Atentamente,
Óscar A. Romero
Arzobispo
#ElChupacast
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